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Friday, August 08, 2008

Tipología de letrados

TIPOLOGIA DE LETRADOS

Por Freddy Quezada

Esta tipología de letrados que presentaré, nace de un comentario crítico que me despertó la obra de Carlos Midence, “La invención de Nicaragua”, la cual carece de ella. Para aproximarme un poco más a esos “otros” de la ciudad letrada que, para mí, son los desilustrados, en nombre de los cuales han venido hablando, para bien o para mal, intelectuales modernos de todo tipo y lugar, decidí presentar una tipología tentativa sobre ellos.

No es una tipología educativa ni sociológica propiamente dicha, sino una caraterización de celdas abiertas de un panel articulador de diferencias de poder entre unas categorías y otras. Parte de que la diferencia puede ser enfocada de dos maneras: a) como valor y derecho, desde los cuales se puede hablar de un régimen basado en el respeto a la diferencia o en la coexistencia de todas las diferencias con el sistema hegemónico; b) como jerarquía, donde se racializa una imperialidad postcolonial que ahora domina desde la imagen. La "diferencia de estas diferencias" es la misma que hay entre xenófobos y postmodernos. La de aquellos que la reconocen para exigir que regresen a casa los "otros" en nombre de sentirse más cómodos y seguros; y la de aquellos que exigen reconocer la alteridad y convivir con ella.

Los estudiantes distinguen estos tipos de diferenciación desde su pirámide escolar. Y quienes se las procuran, por oposición, son los iletrados. Los estudiantes se saben frente a ellos, a veces en el seno mismo de su hogar o en el barrio, diferentes jeráquicamente, aunque se sientan parte de esa familia o de ese barrio. Al contrario, dentro del universo escriturario propiamente dicho, el letrado sólo puede exigir, entre sus iguales, derechos pero nunca superioridad.

Carlos Midence habla en general de los letrados, siguiendo la tradición de Ángel Rama y su obra canónica “La ciudad letrada” y vincula esta matriz a la poesía en Nicaragua como ficción fundante, siguiendo la tradición de Doris Summer, articulándola con la polis y su identidad como nación poética.

Todo el trabajo está cubierto por el paradigma del poder que han ejercido en condiciones coloniales /modernas, las elites letradas y las formas que tienen de seducir, disciplinar, controlar y racializar, precisamente, a los “otros” de esa ciudad. “Otros”, que todos los días quiebran sus normas jurídicas, corrompen su etiqueta, desfiguran sus reglas gramaticales, ignoran sus bibliotecas, se resisten a visitar sus archivos y museos, irrumpen periódicamente a través de revoluciones, o ahora, en los medios de comunicación, se presentan sin mucha mediación letrada como: en la nota roja, los talk y reality shows o con su desobediencia epistémica desde sus “otras” racionalidades (campesinas, desilustradas, étnicas y aborígenes).

Esa ciudad, cuyo vientre reproductor de pequeña abeja reina, son las universidades. Las cuales producen cuadros para el Estado (la verdadera ciudad letrada postcolonial, por su monopolio de la violencia legítima), las cúpulas de la sociedad civil y el mercado.

Dentro de los regímenes escriturarios, la norma es la diferencia que se establece entre todos los que la habitan como universo dominante. Pueden incluso tratar de anularse por medio de cosmovisiones, teorías, ideologías y hasta guerras, pero siempre compartirán esa hermandad de segundo grado que es la reflexión a través de la escritura y la lectura. No hay “afuera” en este universo, o no hay nada o están los bárbaros a los que hay que reducir. Las universidades y sus representantes, sean críticos o apologistas, la ven siempre desde adentro hacia el mundo que hay que refinar.

Todos ellos, pese a sus diferencias entre modelos (tomista, humboldtiano, napoleónico, norteamericano, reformista) y métodos (tradicional, aprender jugando, liberacionista, constructivista, facilitador, alternativo, aprender a aprender, etc.) nunca ponen en cuestión la violencia gramatológica o más bien, seducción, que ejercen entre los “otros/as” no letrados/as.

Obviamente, no todos los ilustrados son iguales entre ellos. Aún dentro de las recámaras de la “abeja reina”, se establecen campos de lucha, jerarquías que les llegan de mil fuentes (como demostró Bourdieu para las grandes universidades francesas) y que suponen parecer a las altas casas de estudios, verdaderos campamentos militares en tiempos de paz (con su cuerpo de oficiales, ordenanzas, simulacros, capacitaciones, contingentes ante desastres, entrenamientos, rutinas, mapas y burocracias). Del mismo modo se reproduce ese modelo, a veces con menos disimulo y elegancia, en los techos del Estado y de la sociedad civil.

El régimen escriturario (asediado desde siempre por amplias mayorías semiletradas) es débil en países como Nicaragua. Sus miembros son minoritarios y subalternos epistémicos de las metrópolis. Están expuestos constantemente a crisis periódicas.

Primero por factores económicos, quebrando la movilidad ascendente de la meritocracia académica, donde no siempre los doctores son los dirigentes principales de un país, a veces ni siquiera de la misma universidad para que la trabajan; donde los hijos heredan las empresas de sus padres, sepan leer bien o no; donde las destrezas en mercados reducidos no necesitan las calificaciones de las economías de escala y los más obedientes políticamente, muchas veces letrados básicos, escalan más rápido en las esferas del Estado y la sociedad civil, que letrados de mayor calificación.

Segundo, la crisis más fuerte le llega al régimen letrado, de los medios audiovisuales y su actual hegemonía, que ha encontrado a receptores semiletrados o iletrados completos, como rescoldo amplio y poderoso de sus propias estrategias de dominio y hegemonía frente al mundo de la imprenta y la escolaridad.

La universidad no sólo está involucrada en el fenómeno como institución, sino también como paradigma epistémico (ajustándose al mercado y a las nuevas tecnologías) y ha tenido que reconocer el debilitamiento del régimen letrado y escriturario en sociedades que jamás fueron, ni cercanamente, alfabetizadas. Nos engañamos al confundir nuestra misión “civilizadora” con la realidad, que nos hizo ocultar nuestro carácter siempre minoritario y elitista. Hay que decirlo con todas las letras: los letrados, en especial los superiores, nunca hemos sido mayoría en nuestro país.

Por aquí debiera empezar todo evaluación descarnada sobre las universidades en países postcoloniales. Esta conciencia de minoría cambia todo el modo de ver la sociedad, sus grupos sociales y las relaciones de poder que se establece entre todos ellos. Pero sobre todo el poder de crear, recrear o reproducir de los letrados superiores o intelectuales, ideas que, tarde o temprano, recogerán (y morirán o matarán por ellas), los no letrados.

La idea que el pensamiento, precisamente, es el núcleo más importante de todo ser humano y que es la cabeza, para todo occidental, el más valioso de los tesoros, como una vez lo señaló Osho (recordando la anécdota de Alejandro Magno contra un sabio hindú al que lo amenazó con cortarle la cabeza sino le respondía sus preguntas) lleva de la mano a la conclusión que los profesionales del pensamiento, es decir, los intelectuales, son lo más preciado, aunque no los más poderosos, entre todos los grupos sociales.

Sus conceptos madres, de los que no pueden prescindir, a menos que estén resueltos a suicidarse intelectualmente y desaparecer como grupo social, son la representación, sobre todo de los demás (y hasta de sí mismos cuando las cosas se vuelven críticas para ellos), y la emancipación, de la que siempre se presentan como confidentes del porvenir. Su mundo son las ideas y sus casas las universidades, pero tal cosa no los libra del mundo de luchas y estrategias que se encuentran en todos lados, tanto entre ellos, como de todos ellos contra los “otros”, ya sea para seducirlos o neutralizarlos.

¿Pero quiénes son los “otros”? Pregunta clásica que le hicieron una vez a Edward Said (La representación del colonizado) a la cual respondió, que precisamente de eso se trataba todo, de averiguar quiénes son para seguirlos dominando. No sé si yo traiciono esa estrategia de Said y en general de los postcoloniales, al hacer una tipología que, en cierto sentido, destruye definiciones únicas, homogéneas y universales. Es decir, propongo no definir nada, quebrar un concepto, desmenuzarlo, astillarlo y ofrecerlo de modo oblicuo para cubrir, precisamente, su retirada de una mirada colonizante y racializadora.

Estoy claro que la tipología que presentaré, adolece de un respaldo empírico y estadístico, fácilmente obtenible de los censos nacionales más recientes y algunas presunciones cuantitativas. Pendiente de ello, debo alertar que, sin embargo, el propósito no es atiborrar de cifras y hablar en su nombre, sino establecer una cartografía, que nos oriente en este régimen y nos pueda brindar mejores pistas que otros más clásicos, como el marxista de clases sociales, el neoliberal de empresarios y mercado, el postmoderno de movimientos sociales entre otros. Para el caso específico de las universidades, romper su condena de producir empleados o desempleados, altamente calificados, o egresados que produzcan ellos mismos las empresas que, a su vez, ofrecerán empleos.

Es de mi interés resaltar la conexión que guardan, dentro de regímenes letrados, hegemónicos pero minoritarios, en países postcoloniales: el Estado y los desilustrados diversos, subalternos, pero mayoritarios que lo acompañan en sus proyectos. Estado que ya ha definido a priori a los “otros”, y en contra de los cuales, ha logrado afirmar su identidad reconocida por todos.



Veamos los tipos:

a) los superiores, subdivisibles en dos: los que producen y los que reproducen ideas, retomadas luego por uno o varios de ellos, desde liderazgos nacionales (verdaderos despotismos ilustrados), autoritarios o democráticos, no importa para los fines de esta clasificación. Para el caso de Nicaragua, país postcolonial, nuestros letrados superiores son más bien del tipo de reproductores (a través del aspecto educativo, hoy débil, de los medios de comunicación) y sólo crean en el ámbito artístico, respondiendo de ese modo a la jerarquía epistémica que ha hecho el eurocentrismo donde el tercer mundo está condenado a producir cultura, pero nunca pensamiento;

b) los intermedios, que constituyen la base letrada del régimen, constituida por profesionales, profesores, estudiantes y trabajadores calificados de todo tipo, son la cadena que legitima todo el sistema, le da su peso y brinda esa ilusión óptica del poder de un gran número de “ciudadanos” que los marxista descomponen en clases sociales y lo postmodernos en movimientos sociales, pero que, en realidad, están racializados en criollos, mestizos, mulatos, “negros” e “indios”;

c) los semiletrados, verdadero grueso de la población, que se subdivide en dos tipos: los que no cultivan la lectura y la escritura, alegando olvido, porque no lo necesitan en sus operaciones cotidianas, y los que se dedican (como los niños y jóvenes de clase media) a los multimedias (radio, mp3, televisión, Internet) por encima de la lectura o la escritura formal, prefiriendo la música, las películas y los juegos electrónicos;

d) los iletrados, son los que están totalmente fuera de la ciudad letrada en el ámbito rural (campesinos analfabetas), en el urbano (indigentes y desestructurados), los que dominan “otro” régimen escriturario (inmigrantes recientes) o cultural (afrodescendiente, aborigen).

Cuando la Historia, era el terreno de la lucha entre letrados, las "masas" nos siguieron hasta que se cansaron de las promesas de la ilustración liberal o marxista. Ahora que las "masas" saturan los medios de comunicación, son los ilustrados quienes se ven amenazados de ser arrastrados por ellas.

Apelaré, para ilustrar este desgarramiento de los letrados, a un hermoso cuento que miré en un programa espiritual llamado Maytte, donde la consejera habla de un profeta que llegó a un pueblo nuevo y empezó a ser escuchado inicialmente con entusiasmo, hasta que fue desapareciendo poco a poco su audiencia y terminar solo predicando. Una persona que pasaba por ahí, le preguntó una vez por qué seguía insistiendo en cambiar a las personas que ni siquiera llegaban ya a escucharle y le dijo: "Ya que no pude cambiarlos, ahora lucho porque ellos no me cambien a mí".

Saturday, August 02, 2008

Inocencia y pureza de la diferencia

INOCENCIA Y PUREZA DE LA DIFERENCIA

Por Freddy Quezada


Lo que diré a continuación sobre este tema, voy a ilustrarlo en tres cuadritos sencillos, tipo comics de Condorito y está dedicado a las personas que no les gustan los temas complejos que, estoy claro, son la mayoría.


Cuadro No. 1: Condorito se dirige a Ungenio: La diferencia

La diferencia moderna tiene una tradición en Europa que va de Durkeim (diferencia dentro de las sociedades orgánicas) a Heidegger (diferencia entre el ser y el ente), pasando por Levi Strauss (la diferencia articulada a la mismidad), Derrida (la “diferancia” en la escritura como espaciamiento y temporización a la vez), Lyotard (el diferendo como juego de lenguaje), Lévinas (el “Otro” absoluto) y Lacan (el Gran “Otro”). Los dos últimos, rompieron la diferencia del “otro” con el “mismo” de modo radical, hasta independizarlo completamente del ego, sea como respeto superior y debido por encima de uno mismo, como decía Levinas; o, como el gran determinante de nuestros actos, como pensaba Lacan.

La diferencia absoluta y pura, supone la inocencia de los “otros”, cuyas consecuencias para el que se siente fuera de ellos y los defiende, debe abrazar, incluyendo sus totalitarismos, abusos y perversidades: si algunas tienen y quienes los defienden se las reconocen. Les llegan, según estos, de articularse como subalternos al poder que los domina. Es decir, siguen guardando su inocencia.

La diferencia y el otro, son categorías ontológicas y espaciales. Desde ellas, se puede rechazar la historia lineal y eurocéntrica y abrazar la geografía y la episteme en su “alteridad”, en su pureza. Baudrillard le llamó una vez a esto las “orgías de la diferencia” que no eran más que el “mismo”, pasando de una máscara a otra, para ocultar su vacío.

La cultura occidental, donde los mestizos colonizados hemos sido reducidos por el eurocentrismo a la obediencia debida, con la gran salvedad de hacerlo con simulacros, engañifas, artificios, mímicas y burlas, ha girado siempre alrededor de la igualdad y su otro: la desigualdad; de la libertad y su otro: la esclavitud. Sus luchas han sido juegos de poder dentro de lo “mismo”.

En esta línea, si hay algo que no soporta la democracia contemporánea es la diferencia absoluta, porque ella se siente la única, y sufre por el desafío de las alteridades puras - que no quiere comprender -, las que tarde o temprano la derribarán. ¿Por qué? Porque la inocencia se la vincula con la diferencia pura. Y esa es la nueva articulación que están tejiendo los emancipadores de turno. Por principio, los “otros” son inocentes, al menos para quienes los defienden de sus satanizadores, y su derecho a la diferencia descansa precisamente en “dejarles” (por supuesto con los intelectuales de guardián) hacer lo que les impide el poder que los subalterniza.

Camus decía, “el día que todos nos sintamos culpables, empezará la verdadera democracia”. Frase misteriosa que aún aturde. Pero, cada vez que vemos inocentes desde la pureza de una diferencia (de los pueblos originarios y de los grupos étnicos, por ejemplo), se repite la rueda en víctimas y verdugos y, alguien que denuncie a estos últimos, salvará a los inocentes, salvándose él mismo. ¿Acaso no es esta la historia de la Ilustración y de los colonizados que quieren repetirla?

Conclusión, Ungenio: la diferencia es sólo una relación de poder entre el alter y el ego.

Cuadro No. 2: Condorito le explica a Pepe Cortisona: La pureza

La espacialización de la diferencia multicultural en contraposición de la temporalidad de la homogeneidad eurocéntrica, ha abierto un nuevo problema: el de la “inocencia” de los sectores sufrientes, articulada a la pureza de las diferencias.

Los intelectuales que “ven” todo esto, asumen diversas posiciones: se salen (como los estructuralistas), están adentro y afuera al mismo tiempo (como Derrida), se comprometen decididamente con ellos (como los decoloniales) o suspenden su juicio (como los postcoloniales). Pero todos, a excepción de una poscolonial (Spivak), se borran a sí mismos, presentando sus puntos de vista como universales, indecidibles, polisémicos, marginales o comprometidos (como lo demostró para el caso de los académicos franceses, Pierre Bourdieu). Sin embargo, nadie expresa a como dijo Cioran, esto es un invento mío y quiero que me alaben y se me reconozcan los bienes y placeres que merezco. Porque incluso los más convencidos de sus causas, son los que menos advierten su borradura y al revés, su “transparencia” (Spivak) es más pura, según ellos, entre más convencidos estén de luchar por cualquier liberación. Las certezas siempre han sido la fuente de todos los despotismos. Temed a cualquiera que os asegure cualquier cosa.

Para ser consecuentes hasta el final con los defensores de la inocencia de los diferentes, se podría optar por varias salidas: derribar hasta la última piedra del sistema responsable que los esclaviza, coexistir con el sistema (y correr el riesgo de ser llamado traidor por sus iguales), reformarlo (y enfrentarse a los que quieren derrocarlo o mantenerlo), negociar con él (y abrirse a mil fórmulas), hacer como si (y jugar a las tretas del débil), etc. Todas ellas, caen dentro del campo de las estrategias de poder, conocidas y repetidas. Cabría mejor preguntarnos ¿No corremos el riesgo de trasladar todo el andamiaje eurocéntrico del tiempo lineal y sucesivo a una reconceptualización igual de eurocéntrica sobre el espacio por la vía de la inocencia y la pureza de la diferencia?

¿Qué quiero decir? Que hoy la inocencia tiene una relación de discurso, como fundamento, con la diferencia. Este posibilita a la diferencia para desplegar todas sus potencialidades, incluidas sus miserias y vicios, contra sus verdugos. Esta inocencia es una construcción exclusivamente intelectual que ha pasado de víctima en víctima (desde los “pueblos” hasta la “democracia”, pasando por el “desarrollo”, la “niñez”, los “pobres”, entre otros.) y que lo único que podría romperla es declarar la culpabilidad de todos y arrojarnos a un mundo sin ingenuidades ni certezas.

Pero no es suficiente, aunque sí necesario. Entonces, ¿Qué quedará de un discurso donde hay inocentes de un lado (la “democracia”) y de otro (“grupos originarios y étnicos”) sabiendo de antemano que los culpables, sostenedores de esos discursos, se reparten en todos los bandos? ¿Habrá llegado la hora de hablar en nombre propio, con nuestros expedientes privados a la vista, para someterse a la prueba de todos, igual de miserables que uno? ¿Tendremos en consecuencia que hablar no de certezas ni demostraciones discursivas, ni siquiera de las éticas de los mensajeros, sino, sobre todo, de un control inclemente y rígido, de unos sobre otros? O ejecutar la otra alternativa: no expresar discurso alguno, saberse culpable y hacer lo que se tiene que hacer. Y el riesgo, aún callando, de ser pasto de “otro” discurso que no podemos impedir ¿cómo evitarlo?

Conclusión, Saco de Plomo: la pureza no existe, es una construcción intelectual para justificar proyectos liberadores.

Cuadro No. 3: Condorito Quezada le pide matrimonio a Yayita Suárez: La solución.

No hay salidas, sólo controles. Aunque, se podría invertir todo lo sufrido en carne propia de un sistema (creador de impurezas y subalternidades, solo por su contacto), que ha convertido todos sus deberes en placeres, para controlar a nuestros líderes (manteniendo una brecha sana de desconfianza), enseñándoles el garrote de la penalización por promesas incumplidas cada vez que rompan el compromiso acordado entre sus miembros ¿Cuál es el escándalo? Algunas “tribus” de Australia, apalean antes, en un ritual, a quienes les dirigirán y les va bien en su comunidad, y existen otras aún más duras. Pregunto ¿Podría ser esta la salida? Plop !!!

Thursday, July 24, 2008

Los "otros" de la ciudad letrada

Comentario a “La invención de Nicaragua”
de Carlos Midence

Por Freddy Quezada

El texto “La Invención de Nicaragua” (Edit. Amerrisque, 2008) de Carlos Midence, es parte de una “tradición nueva”, valga la paradoja, que deconstruye el origen de los nombres de continentes y países, decididos por colonizadores como descubrió Edmundo O´ Gorman para América, Valentín Mudimbe para África y Walter Mignolo para América Latina, el mismo que prologa la obra y saluda la integración del autor en la escuela modernidad/decolonialidad que representa.

Dentro de Nicaragua, se une a la tradición inaugurada por Ileana Rodríguez, Leonel Delgado, Erick Aguirre, Erick Blandón, y Miguel Ayerdis con los textos “Primer inventario del invasor”, “Márgenes Recorridos”, “Máscaras del Texto”, “Barroco Descalzo” y “Publicación Periódica, formas de sociabilidad y procesos culturales en la Nicaragua de 1886 a 1924 ”, respectivamente. Todos tributarios del paradigma de los Estudios Culturales, esa nueva disciplina que combina teorías antropológicas, crítica literaria, estudios comunicacionales y distintas filosofías “post”. Probablemente estos estudios, y otros más que les seguirán, sean los nuevos cánones del futuro que ya rivalizan y desafían las explicaciones que brindan los anteriores, alrededor de los cuales siguen girando la mayor parte de nuestros intelectuales. No sería exagerado decir que ese “aire de familia” que guarda este racimo de textos seminales, ya constituyen en sí mismos una ruptura epistemológica con la tradición anterior.

“La Invención de Nicaragua”, es un libro para especialistas y, aún siendo para ellos, se enfrentarán a una prosa áspera, densa y a ratos impenetrable. Me pregunto si no había otra manera de decir el par de cosas sencillas que alude el texto. Peter Sloterdijk, el filósofo irreverente alemán, siempre ha sospechado de la obra de Heidegger Ser y Tiempo, como una broma gigantesca que puso en códigos crípticos las preguntas sencillas que se hacían los campesinos de Selva Negra, en Alemania. Pero nadie sabe cuando uno pasa de lo sublime a lo ridículo.

El eje de “La Invención de Nicaragua”, gira alrededor de demostrar que Nicaragua, sobre todo su nombre, es una imposición colonizadora que se ejerce desde la letra y la polis, como expresa correctamente el subtítulo de la obra.

El autor reproduce una cita de Sandino de una entrevista brindada a José Román, autor de la novela Cosmapa: “Porque fue tan generoso o cobarde, por eso le llamaron Nicaragua a nuestro país. ¿Por qué no le llamaron Diriangén?... sino ha sido por la ayuda traidora de Nicarao, Diriangén les hubiera echado al lago y acabado con ellos. Nicaragua se debería llamar Diriangén o Diriamba.” (Midence, 2008: 206). La correa de trasmisión del nombre y su carga simbólica es y ha sido empujada por un grupo muy pequeño de intelectuales que ejercitan su poder desde una ciudad letrada. “... la intelectualidad nicaragüense ha establecido una hegemonía en la ciudad letrada en la cual se ha manejado sus propios proyectos políticos (colonial, vanguardia conservadora..., liberal, imperialista y neocolonial) que al final se ha impuesto a esos sujetos que habitan los márgenes de esa ciudad.” (Midence, íbid: 141). Hay que incorporar también, en la serie, al socialismo.

En América Latina, dice el autor, “... la Historia, la literatura y más adelante el periodismo constituyeron los pilares de las formas letradas de circulación de ideas y el espacio por excelencia de mediación entre la letra y la experiencia.” (Midence, íbid: 171). La diferencia de nuestro país, con respecto a otros de América Latina, donde sus ficciones fundacionales giraron alrededor de la novela romántica (como en efecto demuestra Doris Sommer), será la poesía.

Combinada con el periodismo, la historia, y muy adentro del siglo XX, con el testimonio y la novela, la poesía será la piedra fundamental que anudará nuestra identidad como tradición inventada o imaginada desde una ciudad letrada, tal como señala Ángel Rama, en manos de criollos y mestizos que seducirán al pueblo con sus cantos y explicaciones sobre nuestra diferencia con los demás.

“Álvaro Urtecho, al igual que José Coronel Urtecho, Zepeda Henríquez y Tomás Ayón, quieren mostrar algo, y ese algo es que la única tradición presente y perenne en Nicaragua es nuestra poesía, la única que puede fundar un lazo de unión, una línea de sentido, una común visión del mundo. Para estos autores hay una continuidad de tradición excepcional de poetas que fundamenta toda la creación poética en el poder del encantamiento en lo que respecta al lenguaje (Álvaro Urtecho), lo mítico (Zepeda) lo hispánico abolengo (Coronel) y el mediador entre dos mundos (Ayón). Lo cierto es que en los cuatro se ofrece una raíz monumental al discurso poético.” (íbid: 140-141)

El eje anterior refuerza esa idea que los decoloniales señalan con pertinencia para los antiguamente llamados tres mundos y la forma cómo ejercía su hegemonía el primero: la ciencia exacta, objetiva y universal sería privativa del primer mundo 1; la ideología, subjetiva, parcial y contaminada, para el segundo; y la cultura, rica, colorida y original, para el tercero. Por la fuerza de las cosas sucedió que, dentro de cada uno, operarían los demás, sin renunciar a una diferencia entre uno y otro que se convirtió en jerarquía y en dominio epistémico.

Sin embargo, la poesía, creo que no logra todavía explicarse a fondo para nuestro caso, pese a lo llamativo de la presentación de Midence. ¿Por qué ella y no otra rama de la literatura o del arte, por qué no el teatro, la música, la pintura o la estatuaria? La poesía (de origen religioso, musical y oral) tiene algo fuera de la prosa que la hace encantadora para sectores desilustrados, de donde le llega su recitabilidad y hechizo, y que pudiese explicar acaso el efecto abrasador que produjo en sectores fuera de la ciudad letrada. A riesgo de parecer eurocéntrico, me gustaría recordar que los alemanes descubrieron o inventaron estas propiedades de la poesía desde el romanticismo, de la mano de Herder y Hölderlin, hasta llegar incluso a ser reelaboradas por Heidegger y el arte como el depósito de la verdad.

Es curioso que lo expresado por los decoloniales contra la modernidad (que reclama que las culturas “otras” suban desde todos sus lugares y se parezcan a ella), pueda ser aplicado a ellos mismos, en verdad, a todo letrado: que los “otros/as” busquen cómo “subir” y parecerse a los “ilustrados”, bajo las normas constitucionales y gramaticales de su ciudad, que ejerce una violencia gramatológica contra sus habitantes, ya entregados, la mayoría de ellos, al embrujo de los medios de comunicación, en especial la televisión.

Por otro lado, hay que hacer una tipología de los letrados en todas sus gradaciones, algo que nos adeuda el autor. Tipología que tiene que ir desde el que produce ideas hasta el iletrado completo, pasando por los escribanos burócratas (en los que parece que estuvo siempre pensando Ángel Rama) y semianalfabetos. La escritura en América Latina, como la explicita Rama, no fue para crear mundos sino para registrarlos, administrarlos y controlarlos. Empezó por donde terminó el papel de la escritura en Europa que, en su despegue, se puso al servicio de las rupturas con el orden medioeval y, sólo al final, ejerció los disciplinamientos y controles que la pondrían en evidencia.

La cultura nacional, similar a la de “un jardín de invernadero”, según Midence, “sólo fue posible tras la alfabetización y, a través, en principio, de la prensa de circulación nacional, ulteriormente de la radio y de la televisión.” (íbid: 139). Al respecto, hay que hacer una consideración.

En Nicaragua, así como en toda América Latina, Ángel Rama brinda consideraciones sobre la época colonial: las clases letradas eran una minoría en todos los sentidos. Sin embargo, el efecto que siempre produjeron fue el de representar una mayoría significativa por el consenso (más parecido a un colonialismo interno) que obtuvieron de los amplios sectores mestizos medio letrados y ambiguos. Estos fueron capturados literalmente, mucho después, por la radio y hasta hace poco por la televisión, donde se convirtieron a unas identidades móviles, frágiles y negociables.

Algunos sectores semi-rurales, a mediados del siglo XX, aprendieron a imitar el modo de hablar urbano a través de presentaciones de películas mexicanas en cines ambulantes, y la radio (fundamentalmente con las radionovelas, la música y los deportes) para los sectores semiletrados y desilustrados, jugó el mismo papel de los folletines por entregas en los periódicos de Europa y EEUU que construyeron los imaginarios populares. La Televisión los reuniría después a todos.

Pero, en el fondo, la diferencia entre letrados y no, habría de revelarse por encima de las propias diferencias entre letrados mismos que terminarían por solidarizarse ante las amenazas de desbordes, como frutos de procesos anárquicos y de revueltas (convertidas en revoluciones o rebeliones, como decía Octavio Paz, por la sola presencia de intelectuales), de tiempo en tiempo, en nuestras sociedades. Sólo entonces, acaso, podamos decir que se manifiestan ante sí mismos como los “otros” de la ciudad letrada, sobre los que se ha ejercido una hegemonía despótica.

Otra deuda del autor es el papel del Estado nación, cuyo uso de un autor canónico en sociología, como Edelberto Torres Rivas, ya no cubre las nuevas explicaciones, y que exige más profundidad y debe vincularse, para la época que analiza Midence, al área centroamericana donde el concepto de Estado nación, además de no coincidir en términos reales con los cánones euro-norteamericanos, fuera de los precisamente letrados y formales, puso en juego una serie de dispositivos, desde archivos hasta normativas jurídicas, desde etiquetas hasta educación cívica, desde gramáticas hasta recitación de poesía culta, para disciplinar a los “otros” de la ciudad letrada que, para la época, coincidían en gran medida con aborígenes y afrodescendientes en algunas áreas.

Paradójicamente, este disciplinamiento desde aparatos y dispositivos fue separándolos a medias de sus matrices culturales, arrojándolos a un universo de remedos, simulacros, mímicas y dobleces, propias de las estrategias de débiles y subalternos. La llegada de la radio y la televisión potenciarían su peso, por razones de mercado que haría de la necesidad virtud con la cultura de masas, y los términos se invertirían coincidiendo de modo espectacular la semiletralidad, o la desilustración completa, de todos estos sectores con medios no escriturarios, como hechos para ellos. Entonces la alta cultura empezará a retroceder y será ella ahora la que empleará estrategias de subalterno para hacer oír sus regaños, malhumor y desprecio a través de los mismos medios que condena.

Los “otros” no sólo son, pues, los afrodescendientes y los pueblos originarios que, por cierto no guardan esa pureza que se imaginan los decoloniales que, al menos en Nicaragua, están altamente mezclados entre unos y otros 2, sino también los desilustrados, dentro y fuera al mismo tiempo de la ciudad letrada. Son los que juegan (y bailan como la danza de Shiva) en la centralidad del poder, como los “otros” de la ciudad letrada, siendo que los afros y aborígenes, ejercen sus presiones como los “otros” de los “otros”, desde la reflotadura de una segunda línea de invisibilización.

¿Pero, a todo esto, quiénes son “ellos”? Si se ha venido precisamente hablando por ellos, desde esa ciudad letrada a la cual suponemos, en otra pirueta, que se le oponen, no corremos el riesgo de repetir el error al imaginarnos que hay otra manera de definirlos, que no sea callando y protegiéndolos con nuestro silencio?

1 Sin embargo, aún dentro de Europa existían, y siguen existiendo, rivalidades muy fuertes. Es conocidísima la frase de Heidegger, ofensiva no sólo para todo el mundo colonial sino, sobre todo, para sus hermanas europeas, que sólo se podía pensar en dos lenguas, la griega clásica y el alemán, cuento germanocéntrico que se tragó hasta el francés argelino Jacques Derrida, al creer que sólo dos pensadores en el mundo eran los verdaderamente complejos y fecundos: Platón y Heidegger.

2 No podemos hablar de pureza absoluta, incluso de nuestros grupos originarios y étnicos. Los miskitos son un grupo altamente mezclado con otros grupos nacionales e internacionales; los mayagnas, que pudieran ser los más endogámicos (hay tres variedades: twakas, panakas y ulwas), la dominante se abre cada vez más para sobrevivir, del mismo modo que, al revés, las más cerradas tienden a disminuir en número y hasta desaparecer como los Garífunas y Ramas). En nuestra Costa Atlántica hay una cosa curiosa y digna de ser pensada. La Ley de Autonomía y su respectivo Reglamento, fue concebida para responder a los derechos de los grupos étnicos y originarios que, en términos estadísticos, son minoría, frente a los mestizos caribeños, en las dos regiones Autónomas. Esta situación, no prevista por nadie, está siendo aprovechada ahora por los mestizos caribeños alegando su peso en número y no renunciando a las prerrogativas autonómicas como grupo étnico. Ahora los mestizos del Caribe, algunos de los cuales exigen una tercer Región Autónoma, quieren retener lo mejor de los dos mundos, su hegemonía por el peso de su número (expresada en términos de representación en los órganos del gobierno autonómico) y las ventajas que les confiere la Ley de Autonomía. ¿Qué podemos decir? Si nos oponemos a las aspiraciones mestizas somos antidemocráticos, violando las propias reglas del sistema autonómico; si aceptamos tales aspiraciones, nos convertiremos en cómplices de un probable hegemonismo del Pacifico sobre el Caribe, a través de una parte de los mestizos mismos que comparten valores con ellos.


Monday, July 21, 2008

Tipos de Globalización

TIPOS DE GLOBALIZACIÓN

Por Freddy Quezada

La globalización es inevitable. Nadie está fuera de ella. La globalización hay que aceptarla como un fait accompli. Este es el principio básico de la globalización. Hay varias sub—escuelas, a veces adversarias entre sí que, sin romper sus límites categoriales, las podemos enumerar así:

I. LA GLOBALIZACIÓN CONSUMADA EURONORTEAMERICANA

1.1 La globalización neoliberal, tipo Francis Fukuyama, quien dice que el fin perseguible de todo el mundo será el mercado, la democracia, la tecnología y la defensa del medio ambiente. De Samuel Huntington, quien asegura que el eje del futuro será la superioridad del euronorteamericanismo contra las demás culturas, todas adversarias de la cultura blanca y anglosajona; y de la globalización económica de la escuela monetarista de Chicago, base del “Consenso de Washington”, incluyendo críticos, tipo Joseph Stiglitz y George Soros. Lema: Las cosas son, ahora, como deben ser.

1.2 La globalización neomoderna, tipo Anthony Giddens, Alain Touraine, Jürgen Habermas. Parten que la globalización es inevitable y cabe considerarla como en constante renovación por medio de sus agencias, la incorporación y beligerancia de los nuevos actores sociales, o el mantenimiento de una modernidad abierta e inconclusa. Hablan desde Europa, como si al hablar desde ahí, todo el planeta tuviera la obligación de obedecerles y agradecer sus lecciones. Lema: Las cosas, pese a todo, pueden todavía ser mejores.

1.3 La globalización postmoderna desencantada, tipo Jean Francois Lyotard, Jacques Derrida, Jean Baudrillard. Juzgan la globalización como escéptica, dionisíaca y cínica. Incrédula en las grandes promesas emancipadoras, al revés del procedimiento de pensar por conceptos universales que eliminaban las diferencias, optan, como Funes el Memorioso, personaje de Jorge Luis Borges, por ver el mundo a través de la diferencia y el presente. Brindan una pequeña apuesta por los movimientos sociales y lo que sus pequeños relatos locales y limitados encierran. Apologistas de la fragmentación y la incertidumbre, son eurocéntricos contra el eurocentrismo. Lema: Las cosas son como son.

1.4 La globalización postmoderna optimista, tipo Hal Foster, David Harvey, Fredrick Jameson. Hablan, sobre todo desde EEUU, de un postmodernismo de resistencia y a pesar de reconocer que la globalización expresa el dominio cultural del capitalismo tardío (concepto marxista copiado de Ernest Mandel), todavía creen que puede combatírsele, desde las diferencias en sus metrópolis (mujeres, afrodescendientes, chicanas, latinos, pueblos originarios, asioamericanos, travestis, gays, bolleras, queers, etc), con proyectos de resistencia emancipadores. Lema: Las cosas pueden ser mejores de “otro” modo.

II. LA GLOBALIZACIÓN EMANCIPADORA

2.1 Globalización postmoderna emancipadora, tipo Boaventura de Souza Santos, Toni Negri y Michael Hardt. Dicen también que la globalización es inevitable, pero que puede ser transformada desde adentro, sea por más democracia, por la vía de incorporar más y más diferencias, o por revoluciones de las multitudes queer. Lema: Las cosas sólo pueden mejorar con el cambio.

2.2 Globalización neomoderna emancipadora, tipo Inmanuel Wallerstein, Samir Amin, Giovanni Arrighi. Plantean que al sistema -- mundo actual sólo se le puede combatir con otro sistema-- mundo tan poderoso como él. El nuevo sistema – mundo rival estaría compuesto por los movimientos sociales del mundo hegemónico, semiperiférico y periférico. Lema: Las cosas serán mejores de un modo radical, nuevo y mundial.

2.3 Globalización regional emancipadora latinoamericana, tipo Heinz Stefan Dietrich, Enrique Dussel, familia CLACSO. Regreso al socialismo del siglo XX, más cristianismo de liberación, más mercado controlado, más latinoamericanismo fácil, más vanguardismo repetido, más antiimperialismo de moderada intensidad, igual a socialismo del siglo XXI. Lema: Las cosas, esta segunda vez, si serán mejores.

III. LA GLOBALIZACIÓN ALTERNATIVA

3.1 Globalizaciones “otras”, tipo Escuela Decolonial. Rompen con todos las variedades anteriores, al señalar, desde paradigmas antropológicos, que fuera de la Globalización hay culturas “otras” que, aunque han sido subalternizadas epistémicamente, al entrar en contacto con ellas, es posible ofrecer “modernidades alternativas” y “alternativas a la modernidad” (conceptos copiados de A. Ong aplicados a China). Creen que todavía hay grupos “puros” en proporciones significativas (como los afrodescendientes y los aborígenes) y comprenden también, sin mayor contradicción, a los híbridos (como los “latinos” en EEUU). Al revés de los museos, de los que habla Boris Groys, que convierten lo nuevo en diferente, estos convirtieron la diferencia en novedad. Lema: Las cosas pueden mejorar, para los subalternos, desde“otro” modo.

3.2 Globalización postcolonial, tipo Edward Said, Homi Bahba y Gayatri Spivak. Denuncian el eurocentrismo colonizador pero, en contra partida, no señalan quienes son los nuevos agentes centrales de las colonias, en los procesos de confrontación y para nada aluden a procesos emancipatorios. Said, dice cómo son los “orientales” para los occidentales, pero jamás dice “cómo son” en realidad; Spivak, niega que alguien pueda hablar por los subalternos, menos los intelectuales, quienes son sus constructores; y Bahba, dice que los colonizados por su mímica, ambivalencia e hibridez, son todas las cosas a la vez y ninguna. Un poco como dice Krishnamurti, lo nuevo (y todo siempre lo es) [1] no puede decirse por comparación, porque si no deja de serlo. Estos convirtieron la diferencia en silencio, única manera de expresar el respeto a lo nuevo. Lema: Las cosas son como no deben ser.

1 Básicamente en la relación entre lo conocido y lo nuevo, Krishnamurti dice que las personas no le temen a la muerte, porque no se puede temer lo que no se conoce, sino, más bien, que el terror es a perder lo conocido, la certeza, la casa, el lenguaje, la identidad, la seguridad del vientre, todo lo que preocupa a Peter Sloterdijk en sus tres volúmenes de Esferas (Burbujas, Globos y Espuma).

Friday, July 04, 2008

Decolonialidad y postcolonialismo

DIFERENCIAS Y SEMEJANZAS ENTRE
EL POSTCOLONIALISMO Y LA DECOLONIALIDAD

Por Freddy Quezada

INTRODUCCION

Mucha gente me ha preguntado por qué no presento de manera sencilla las diferencias y las semejanzas entre esas escuelas que menciono insistentemente en mis escritos. En verdad, tienen razón. Ambas corrientes son hijas periféricas del postmodernismo; es decir son contemporáneas y ex--céntricas. Una, aplicó sus enseñanzas a excolonias europeas del “Oriente” y la otra, está intentando hacer lo propio en y con “América Latina”. Una llegó hasta el escepticismo y la otra volvió grupas, de nuevo, a la emancipación. Ambas nacieron y maduraron sus reflexiones en las universidades de EEUU y Europa, irónicamente a quienes tanto atacan.

Los postcoloniales, al menos en mi escala, están epistemológicamente de primero, por su escepticismo y suspensión de alternativas, que los decoloniales, cronológicamente más adelantados, pero recalando en la liberación, otra vez, aunque esta vez mental, desde sectores tenidos por ellos como sufrientes y dignos de ser acompañados en sus luchas “otras”.

Presentaré un cuadro breve de las principales obras, citas y autores de las dos corrientes, planteando, lo más desapasionado que pude, cinco características de cada una de ellas. Al final, elijan ustedes la de su preferencia. Consulten, eso sí, sus trabajos seriamente. Tengo electrónicamente varias obras de ellos (que puedo enviar por e-mail a quienes me las soliciten) y, físicamente también, dos de las referidas.

POSTCOLONIALISMO




Los postcoloniales se basan en cinco cosas:

1. Dicen que los europeos construyeron una imagen de los otros “orientales” que respondió a su idea de controlarlos, administrarlos y estudiarlos. Edward Said, quien trabajó seminalmente esta idea, se basó mucho en las teorías del poder de Foucault, aplicado a las colonias y excolonias europeas del Medio Oriente, África, y en menor medida, Asia y América Latina.

2. Homi Bahba, critica y complementa a Said, viendo las cosas desde el punto de vista del colonizado. Alega que Said, sólo vio cómo el colonizador impuso sus estrategias desde el poder y la ciencia. Bahba, en cambio, descubre en los colonizados, un comportamiento mimético, híbrido y ambivalente, donde el colonizador participa junto con ellos, en una operación mimicrética (donde el colonizado remeda e imita), de camuflaje. Bahbha deriva de este término lacaniano, un comportamiento ambivalente del colonizado (entre el remedo y la esperanza de ser como ellos) y la del colonizador (entre el miedo de perder autoridad ante la imitación y el deseo de ver su “grandeza” desde los ojos del vencido).

3. Gayatri Spivak, se enfoca, por su parte, sobre los intelectuales y la incapacidad que tienen de representar a los subalternos, incluso en las excolonias. Y cómo sucumben a esta tentación, incluso emancipadores anticolonialistas como Fanon y Cesaire, en quienes, de paso, se apoyan pero de un modo muy crítico, sobre todo en contra de sus valores libertarios, que siguen siendo eurocéntricos.

4. Ninguno apuesta por ninguna utopía, ni emancipación dura o blanda. Y se echa de menos, su indiferencia epistémica ante las grandes sabidurías de sus propias culturas (hinduistas, búdicas, mahometanas y taoístas). Se detienen ante un escepticismo occidental tributario de la Escuela de Frankfurt, sin aprovecharse del propio que poseen las espiritualidades de los países de donde proceden.

5. Said dice como "son" los colonizados para los colonizadores, cosntruidos desde su poder; Spivak, dice que no pueden ser conocidos por nadie, menos por los intelectuales y Bahba, dice que "son y no son" al mismo tiempo, por la ambigüedad y la mímica que los constituye. No dicen, casi todos, como son los colonizados, sino como no son. Esto lleva a desprender de esta actitud epistémica, un silencio escéptico y defensivo a la vez, para no entregar a sus enemigos, una vez más, por la vía de la investigación y de la ciencia, a los “subalternos”, en nombre de defenderlos.

DECOLONIALIDAD


Los decoloniales se basan en al menos cinco cosas:

1. Dicen que la colonialidad es constitutiva de la modernidad. Y que nació con la conquista y colonización de América. Del mismo modo, se generó una racialización del poder en medio de una heterogeneidad estructural, hegemonizada por un eurocentrismo (que se borra a sí mismo a través de un “punto cero”) no sólo económico o político, sino geoepistémico.

2. Critica, y cree complementar a los postcoloniales, a quienes reconoce como sus predecesores, con una especie de segunda descolonización, pero esta vez mental, basándose en un conocimiento “otro” indoamericano, afrodescendiente y de fronteras (como los “latinos” en EEUU) luchando por acompañarlos “desde” y “con” ellos.

3. Los colonizados, al parecer sólo los aborígenes y afroamericanos, pocamente los mestizos, tienen derecho a recuperar la dignidad de “dar” (donner), arrebatada por los colonizadores al condenarlos (damné) a creer que sólo reciben de sus expoliadores. Esa dignidad del ser decolonizado, se mueve al parecer entre un ego conquiro filosófico, que va desde Descartes hasta Heidegger, y más allá de un subalter, que va desde Las Casas hasta Lévinas, todavía muy eurocéntricos.

4. Alegan su separación amistosa de los postcoloniales, de quienes dicen que se basaron mucho en Foucault, Lacan y Derrida, y que ellos empezarán a basarse en la experiencia y pensamiento de Waman Poma de Ayala, un mestizo peruano de la primera hora, y de Ottobah Cugoano, un esclavo africano, liberto en tierras americanas. Ambos letrados e intelectuales. También retoman, sin sentido crítico, al revés de los postcoloniales, a Fanon y Cesaire.

5. Regresan a abrazar, de nuevo, una especie de redención blanda, a través de una decolonialidad emancipadora y del respeto y coexistencia de unas diferencias, tenida todavía por “puras”, al parecer, de parte de ellos.

Adendum: Una de las grandes diferencias entre estas dos escuelas, está en los prefijos que eligieron para sí mismos. El “De” de los decoloniales supone que algo anda mal en algunos sectores destinatarios de sus discursos (casi todos pensamos en colonial) y debe limpiarse lo malo que tenemos en nuestras cabezas con la asimilación de su discurso decolonial lúcido que, por otra parte, está a salvo de lo que condena y que, de un modo misterioso, sólo un pequeño grupo lo obtuvo, esta vez, por la vía académica. Es algo parecido a la desalienación de cuño marxista que nos prohibía ver telenovelas, películas mexicanas (como “Santo ‘El Enmascarado de Plata’ contra las Momias de Guanajato”) o dibujos animados bajo el riesgo de enajenarnos con la basura del sistema.

El otro, el “Post”, no solamente es “algo” después del sustantivo, que sus detractores dicen que más bien repiten y continúan (a la modernidad y al colonialismo que condenan), sino que consiste en “no definir lo que sigue”, como bien lo interpretó hace poco Slavoj Zizek en su última obra “Visión de Paralaje”. La diferencia entre las dos escuelas es, pues, que uno está por liberar a alguien y el otro por no definir a nadie.

Los decoloniales creen revelar cómo son las cosas (descubriendo un mecanismo opresor oculto e invisible), al revés de los postcoloniales que revelan lo que los colonizadores creen que son los colonizados. Los decoloniales continúan la tradición de los "maestros de la sospecha" y los postcoloniales la epojé del escéptico y la diálectica negativa.

Debo agregar, por otro lado, el vínculo de tres argentinos (que supongo deben verse a sí mismos como tres mosqueteros al servicio de un nuevo orden, o tres cerditos contra un lobo feroz, vaya uno a saber) en un nuevo paradigma, que está por cerrarse entre ellos para dar paso, sospecho, a otro esquema, emancipadoramente más duro, que el decolonial y del que no me imagino cómo bautizarán.

Uno es Walter Mignolo, el más representativo de los decoloniales, una especie de cruce paradójico entre antropología crítica (defensora de diferencias puras) y pensamiento híbrido de frontera de algunas intelectuales "chicanas", discípulas de Bahba; el otro Enrique Dussel, viejo cuadro de la filosofía de la liberación (que, junto a Aníbal Quijano son sobrevivientes de la teoría de la dependencia y sus brújulas emancipatorias) y el tercero, Eduardo Grüner, apasionado de un marxismo que él supone todavía rescatable para abrirlo y hacerlo creador.

De ellos, los últimos dos son más prometeicos que el primero quien, después de intentar crear algo propio, a partir del postcolonialismo (llamándole “postcoccidentalismo” a su copia), lo único que encontró fue a Dussel y sus viejas respuestas emancipacionistas, regresando hacia atrás toda la rueda y recayendo dramáticamente mediante dos operaciones: a) definir por diferencia “pura” a sectores dolientes afros y aborígenes y que lo obligará tarde o temprano a adjudicarles características prometeicas; y b) recomendar al final de todo, una coexistencia pacífica con el sistema eurocéntrico.

Enrique Dussel (del que recuerdo puso a prueba, hace poco, sus germanismos eurocéntricos inútiles en un texto sencillo de Rigoberto Menchú) del mismo modo ya venía de morder la manzana, otra vez, con Heinz Dietrich Stefan (el teórico del Socialismo del Siglo XXI) y el libro de ambos "El Fin del Capitalismo Global" y Eduardo Grüner no descansará, por lo visto (junto a Atilio Borón, familia CLACSO y Roberto Follari), hasta no volar de nuevo desfaciendo entuertos, defendiendo viudas, adoptando huérfanos y liberando de todo tipo de dolor a la mayor parte del género humano. En la sala de espera, observando el parto, supongo que deben rondar García Canclini (a quien mencionan de “larguito”, pero no lo invitan) y Ernesto Laclau, a quien consideran el menos argentino de todos ellos. A como sea, se les agradece, Che, pero por estos lados, muchos de nosotros ya no fumamos, menos habanos como el que pienso emplearán, para celebrar el nacimiento. Muchas Gracias.

Monday, June 30, 2008

Dios, el Ser y la Nada

DIOS, EL SER Y LA NADA

Por Freddy Quezada

Hace años confundí, en un ensayo, la primera frase de La Ciudad y Los Perros de Vargas Llosa, citando “Tres, -- dijo el Jaguar”, cuando, en realidad, dijo “Cuatro”. Me dejé llevar, sin saberlo, por la cábala del tres. Y ahí me puse a especular, no recuerdo ya sobre qué cosas, acerca del “tres” en varias culturas. Es curioso que me haya dispuesto a escribir tonterías sobre una premisa de arranque falso. Espero, sobre la corrección y disculpa debida, aunque tardía, no cometer ahora la equivocación inversa, sobre una premisa verdadera, derivar conclusiones falsas.


Seré sencillo y breve con este tema que, con sólo leer el título, sé que espantaría a más de algún lector. Pero es casi hablar de otra cadena más clara: teología, humanismo y nihilismo; o, presencia, representación y ausencia; o, premodernidad, modernidad y postmodernidad; o, tardomodernidad, decolonialidad y postcolonialismo. Y de lo que todas ellas rompen y guardan sin solución de continuidad, ni síntesis, al mismo tiempo, en una suerte de paradoja profunda.


Cada eslabón, para empezar por donde concluiré, contiene a los demás, siendo más poderoso el último que contiene siempre a los anteriores, sin eliminarlos (para mantener la diferencia y articularse con ella) pero absorbiendo sus potencias y subordinando a los derrotados, que lucharán contra su hegemonía de mil formas. Así, la cadena entera no se destruye ni se crea, sólo se transforma por medio de ilusiones o juegos de poder, tal como lo dijeron hace más de cinco mil años los hinduistas.


Sartre con su
Ser y la Nada, eliminando a Dios, el primer eslabón, no pudo, con todo, evitar la gravitación del fundamento, recubierto en los otros dos, alrededor de una libertad proyectiva y decisional, que él la supuso como condena, y reconocer, por otro lado, desde la nada, el absurdo de la vida y al mismo ser, como una pasión inútil.


Cada eslabón se cree en su momento, la certeza fundamental que construye mundos donde ejerce hegemonía sobre los eslabones rivales y subalternos. Pero al final, si es que hay alguno, encontramos no la reconciliación ni la coexistencia pacífica, sino el retorno de lo reprimido.


Creímos expulsar a Dios y regresó en el “Hombre”, y éste al ser denunciado en su carácter representacional, ha terminado por abrazar sucesivamente a la razón, el poder y la tecnología, bajo la crítica, la diferencia y la emancipación. Ahora, el vacío de la mente empezará a ser necesario para justificar los bancos de datos afuera y los motores de búsqueda como
Google; el sentido se pluralizará en el comercio para estar siempre vacíos de espíritu y elegir cualquiera; el consumo tratará de convertir la nada en algo, y la virginidad de los cuerpos, al tatuarlos, nos diferenciarán unos de otros como huellas digitales. La Nada ocupará el lugar desfondado de los eslabones anteriores y abrirá sus brazos para recibirnos o ahogarnos. O las dos cosas al mismo tiempo.


Es viejamente sabido que Dios es un fundamento y garantía de sentidos de todo tipo. Origen (
Arché) y destino (Telos) de todo ente. Sin él nada existiría y nada se explicaría. Se puede contar con él al comienzo o al final, no importa, porque en los procesos circulares limpios (como los no modernos) o entorchados como el hegeliano, siempre se reencuentra consigo mismo, en cualquier punto de la circunferencia. Cuando muere este Dios, o lo matan, da lo mismo, es el vacío, que sus herederos suponen le antecedió al propio Creador, quien se encargará de construir su sucedáneo: el Ser.


El Ser, heredero secular de los atributos divinos, puede ser visto desde dos puntos de vista: el epistemológico/metafísico que inaugura Descartes y el óntico que señala Heidegger. Mientras Descartes anuncia el ascenso de una conciencia que se tendrá a sí misma por universal, cuyos coronamientos lo harán Kant para los liberales y Hegel para los marxistas, esconderá detrás suyo un “punto cero”, una borradura, como sus antecesores paganos y cristianos, invisibilizando no solamente a un observador europeo para justificar su dominio epistémico frente a los colonizados, como creen los decoloniales, sino a alguien más amplio y más grave aún, que me incluye y me hace responsable en su denuncia: los intelectuales, que siempre han hablado por los demás, a través de promesas y amenazas, sin garantías ni controles de parte de los que no son como ellos.

El principio básico de los intelectuales es el pensamiento como virtud y nobleza y ni uno sólo ha sabido ver en ello, porque viven de él, la madre de todos los problemas. Pensar es recordar y la memoria es lo más preciado que tienen; no en balde, creen que la Historia es la madre de todas las ciencias. El pensamiento, la cabeza, es lo más preciado que tenemos, según la mitología occidental. Recuerdo lo que dijo una vez Osho, a propósito de Alejandro Magno cuando llegó a la India y se encontró con un sabio hindú que le recordó a Diógenes: si no contestas mis preguntas, le dijo, te cortaré la cabeza. Y este le dijo, que no iba a encontrar nada ahí, porque él desde hacía mucho la había cortado ya. Alan Watts dice algo parecido cuando advierte que a los occidentales les gusta esconder la cocina y los baños porque prefieren engañar a la gente con la sala.


Sobre el dominio de los colonizadores, hay que seguir reflexionando sobre la reveladora importancia que han tenido los
intersticios interimperialistas. Se sabe que tales intersticios, mientras se hacían la guerra, generaron las dos revoluciones más grandes en los países semicoloniales (la Primera Guerra Mundial desencadenó la revolución Rusa y la Segunda, la revolución China) y al final de esas guerras, por su decadencia, cansancio y subordinación ante EEUU por medio del Plan Marshall, permitieron de algún modo la descolonización afroasiática. Puede ser que, a partir de aquí, Europa haya empezado a resentir su condición subalterna diciendo, por parte de muchos de sus pensadores, en contra de EEUU, cosas que ya fueron dichas en contra de ellos mismos por sus excolonias.


Sin embargo, es en el terreno epistémico donde poco se sabe que Alemania, la potencia sin colonias, dos veces derrotada, es a la que le debemos la denuncia y desenmascaramiento (primero con el Romanticismo frente a la Ilustración, seguido luego de un marxismo dogmático frente al liberalismo clásico, continuado a su vez por el escepticismo de la Escuela de Frankfurt, combinado débilmente con el nihilismo precedente que legitimó al nazismo), por su misma ambición de obtener ventajas de sus rivales, de toda la miseria eurocéntrica, representada por Francia e Inglaterra. Heidegger llegó a decir, una vez, que los franceses, pese a Descartes, no podían pensar, sino era a través de los alemanes y Nietzsche siempre despreció a la “pérfida Albión”.


Los pensadores postcoloniales todavía no terminan de explotar estas revelaciones alemanas (que, no por denunciar a sus gemelas rivales, dejaba de compartir con ellas sus valores, incluso superiores para justificar la colonización que no pudo hacer afuera, efectuándola adentro con ellas, e inventar sus propias cartografías que iban desde Grecia hasta ella misma), aunque se sirvan de muchos de sus principios para sembrar la desconfianza en todo tipo de utopías entre los colonizados.


Desde los cínicos hasta Heidegger, pasando por Bakunin (punto de fuga en esta colonia de autores), pero también desde el
Baghavad Gita hasta Lao Tsé, esta corriente nos dejó la sospecha sobre el asunto con “la representación de lo ausente” (Vorstellung), con la fuga e inasibilidad de la presencia plena. Y nos sembrará la duda hasta el corazón de la Representación de ninguna esencia y fundada sobre un abismo (Ab grund). Abismo, parecido pero no igual al de las corrientes “orientales”, que no han podido saltar los occidentales porque en vez de eliminar la “acción”, le multiplicaron con placer, más bien, su velocidad.


Habrá seres y no Ser; habrán incertidumbres y no certezas; habrá suspensión del juicio y no crítica; habrá empoderados y desempoderados; habrá lo que
no es y no lo que será; habrá siempre desconfianza y no utopía.


Reconoceremos, entonces, que la máscara sólo venía cubriendo un vacío, llamado
deseo de encontrar algo sólido. Esa nada creadora en otras culturas, nos desesperará en la “nuestra”, es decir, en la de los occidentales. Mientras a las culturas que mejor la conocen las calma, las serena, a la nuestra la excita, la droga y la destruye. Consumo sobre consumo, deseo sobre deseo, velocidad sobre velocidad, la nada nos está cobrando el precio para llegar a conocerla como el nuevo Dios que un día expulsamos: nuestra propia ejecución en nombre del centro de una cebolla, tras la caída de todas sus capas, que no encontraremos jamás.


Es curioso que sólo sepan ver las cosas así, los filósofos conservadores contemporáneos (especie de sucesores de la Contrarreforma) del tipo de De Maistre, Bossuet y Bonald, que imaginan al Dios de todos los tiempos, cambiar frente a sus enemigos, dejándose derribar, y al mismo tiempo colocarse en lo más profundo de los nuevos principios victoriosos y, así sucesivamente, llegar a declararse por fin vencedor en su desaparición completa, que es nuestro nihilismo de hoy.
“La trampa de la divinidad articulada en torno al nihilismo consiste precisamente en subsumir a la razón (con minúscula), en el interior de sí misma, y hacerse a la vez invisible: eso es nihilismo consumado. La trampa del nihilismo consiste pues en que finalmente se hace desvariar a la propia razón, y en la medida en que la divinidad es invisible, se convierte a la razón en víctima de sí misma, en ejecutora de lo que en realidad ejecuta esa divinidad ausente” (Serrano, 2006: 236).


Para concluir, en la cadena que he presentado, Dios, como fundamento, está siempre en todos los eslabones, pero en los dos últimos se invisibiliza como certeza, primero, y como abismo, después. Pero siempre vence, aunque sea al precio de su suicidio.


Harto de escribir sobre estos temas, imagino cómo deben sentirse aquellos de ustedes que soportaron el sufrimiento de llegar hasta aquí. Como les ordeno a mis alumnos, recordando los tiempos goliárdicos de las universidades renacentistas, cuando se aburren con mis charlas: cierren sus putos cuadernos, salgan a secuestrar un bus, llénenlo de cervezas y meretrices, y vayámonos todos al mar !!!

REFERENCIA

Serrano, Vicente (2006). Nihilismo y Modernidad (Dialéctica de la antiilustración). Madrid. Plaza y Valdés.

Wednesday, June 18, 2008

Cadenas mundiales de TV y sus paradigmas

LOS PARADIGMAS Y LAS CADENAS DE
TELEVISIÓN MUNDIALES


Por Freddy Quezada

Cuando uno cree analizar sociedades o coyunturas específicas, en realidad lo que está haciendo es analizar lo que los medios de comunicación de masas nos dicen de esos fenómenos, dada la imposibilidad de estar in situ en todos los lugares o en aquellos que no tenemos más remedio que confiar en quien nos lo comunica y hacer de ellos, con nuestro crédito, un monopolio. Entonces, siempre estamos analizando medios, no fenómenos. Y lo sorprendente de esta operación es que al invisibilizarlos, ganan en credibilidad por su mediación y es el precio que cobran cuando después, al independizarse, hablan en nombre de unas audiencias y opinión pública que han co-creado (y que luego se miden a sí mismas con técnicas estadísticas) para imponernos su agenda política en nombre de una credibilidad artificiosa.

Todas las cadenas de televisión mundial y regional, al menos las aquí consideradas (CNN, Al Jazeera y TELESUR) son profesionales, con sus secciones variadas y en orden, buena dicción, presentación sobria y equilibrada sea desde Atlanta, Qatar o Caracas. Sin embargo, cada una de ellas está soportada por un paradigma que simplificaré por razones pedagógicas, porque en la realidad se combinan pero donde uno de sus aspectos es el que domina en mayor medida a los demás.

Tales son el paradigma Clasista, en una variedad muy simple que, con respecto al marxista clásico e incluso heterodoxo, ha efectuado varios pasos atrás, presentando una estratificación ligera y fácil de las sociedades al dividirlas en imperialismo, oligarquías, pobres y dirigentes revolucionarios. TELESUR se presta a este esquema para vehicular intereses de países comprometidos en proyectos emancipadores de carácter subcontinental.
El “Democrático”, es el que supone, fruto aún de su borrachera de vencedor ante un adversario que se derrumbó solo, que todo el mundo está dirigiéndose inexorablemente a un esquema simple basado en un mercado autorregulador y una democracia formal que le acompaña como su sombra. Creen en la ONU, los Derechos Humanos, las organizaciones financieras, comerciales, migratorias y laborales internacionales y, por supuesto, sus favoritos, los expertos (esos vividores de temas). Parte que la mayoría son países democráticos, pero que lo son más las potencias occidentales, todos iguales en dignidad y respeto, invisibilizando las relaciones de poder no sólo económicas y políticas, sino también como dicen los postcoloniales, epistémicas (de metrópolis a ex colonias) que se guarda entre todos ellos. Consideran las manifestaciones de las otras culturas en el ámbito político como amenazadoras. Ven el mundo desde las reglas internacionales y a veces optan abiertamente y con complicidad por bandos políticos, como cuando colocan sus cámaras, con la anuencia de los mandos superiores, en las orugas de los tanques invasores, hasta hacernos sentir el polvo del desierto o, en la cubierta de los portaaviones, desde donde observamos hasta los destellos de los misiles teledirigidos. Como supongo se habrá adivinado ya, hablamos de la CNN.


El paradigma Cultural nacido para rivalizar y erosionar el monopolio de la CNN, por su papel en la invasión de Irak, ha incorporado en su seno la diferencia cultural, pero al copiar el formato, no el contenido, ha arrastrado el mal consigo y puede perfectamente creerse que son la CNN árabe. Hay que recordar que el medio es el mensaje. Puede ser visto, también, como narración alternativa y en ese sentido podrían aparecer otras, desde China o la India, las futuras naciones que desafiarán al poderío norteamericano, y que se presentarán de seguro como si fueran puras (que en verdad no lo son) por razones estratégicas de subalterno frente al hegemónico. A como sea, la cosa es que estos paradigmas culturales en las cadenas televisivas de cobertura mundial ya están despertando una suerte de resistencia frente al dominio sistémico (y pueden con ello aliarse al clasista) con la objeción, a mi juicio, de reencarnar otra vez, a través de la representación mediática, sucedánea de la eclesial y partidaria, la redención social desprestigiada y en retirada, propia del eurocentrismo, aunque esta vez de “otros” actores o culturas.


Los intelectuales, en este contexto, que antes se borraban detrás de todo tipo de mesianismo, ahora han tenido que salir a defender lo que según ellos es el máximo tesoro, el conocimiento, el eje de sus vidas; de aquí que estén en el centro de la discusión, la episteme, los intelectuales, la representación y la emancipación: todos conceptos altamente eurocéntricos elaborados por ellos mismos. Y ellos mismos son ahora, precisamente, los que se sugieren como los nuevos salvadores, pero ya sin máscaras. Un poco como aquellos viejos managers de baseball, que en los partidos más emocionantes salían ellos mismos a jugar al terreno. “El intelectual puede concebirse así como un coyote epistémico tanto en el sentido de que transporta teoría ilícita a través de los desiertos de la colonialidad, como en el sentido de tener muchas mañas, máscaras, o trucos para transportar y comunicar el conocimiento que se trafica”, nos dice Maldonado Torres, un teórico decolonial, sin advertir que también lo ha hecho, y lo ha pasado haciendo toda la vida, al revés, traficando teorías para los “otros” señores colonizadores, regresando, así, precisamente al punto de donde se busca huir.

Nada hay mejor que callar, lo exactamente “otro” de los medios de comunicación y de los intelectuales, para que no se enteren los adversarios, quiénes, desde dónde, cómo y cuándo les llegará el golpe sorpresivo. ¿No fue un sabio de las culturas “orientales” (comillas de nuevo porfa, editora), quien se cree ya nació viejo, el que enseñó eso desde hace miles de años, cuando dijo que las cosas llegan siempre cuando uno está viendo hacia otro lado?

Thursday, June 12, 2008

Intelectuales, eurocentrismo y poder

Geopolíticas del Conocimiento y la Intelectualidad en el Capitalismo Tardío:
Anotaciones sobre la obra de Arturo Escobar


Por Jorge Uribe
Tomado del blog de Jorge Uribe

Conclusiones

El intelectual fue inventado en la modernidad como una herramienta de poder enunciativa que clasificó el mundo y justificó los procesos de la misma modernidad, pasando por alto algunos procesos históricos locales particulares gestados en zonas que fueron colonizadas algunas y conquistadas otras por la metrópoli europea.

Aquella idea romántica del intelectual aislado de toda forma política ha sido desplazada por una idea en la cual se ha puesto en duda la misma existencia del intelectual como forma funcional de la sociedad.

Considero que la nueva intelectualidad es más colectiva y democratizada gracias a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías que han empezado a imperar y a penetrar aquellos lugares y cerebros expertos. Las masas modernas en los últimos años han privilegiado las ideas y no la autoría de éstas.

Las ideas no han sido pensadas aislada sino colectivamente, aunque en algunas oportunidades afloran diferentes fanatismos que con el transcurrir del tiempo se vuelven estáticos y rígidos. Tal es el caso del eurocentrismo y el capitalocentrismo criticado por Arturo Escobar. La fisura de las ideas y del intelectual mismo surge por donde menos se piensa y en el lugar menos pensado.

El intelectual es el resultado,-además de los dispositivos de poder, aparatos en los que está inmerso- de la institucionalidad académica en donde se desenvuelve. Tal es caso del intelectual metropolitano en el cual se evidencia la fisura de la hegemonía naturalizada y del periférico que evidencia la relación entre desigualdad/hibridación.

Esta forma de evidenciar las fisuras sociales no es exclusiva del intelectual; inclusive el intelectual en muchos casos no lo hace. Las instituciones y los medios de comunicación lo han hecho. Creo que los intelectuales y sus ideas han sido cooptadas por las instituciones. Es decir, que entre el intelectual y la institución hay una dialéctica discursiva del poder.

Wednesday, June 04, 2008

No hay teorías universales

¿PERO NO ES UNIVERSAL DECIRLO?

Por Freddy Quezada

(Con cariño, para mis amigos detractores)

Hemos creído siempre que los Derechos Humanos son para todos; que el socialismo no tenía fronteras y el proletariado jamás tuvo patria; que la igualdad y la libertad nos llega como un derecho natural por el simple expediente de nacer en cualquier lado; que la diferencia, es un derecho que debe respetarse en todo el mundo. Y que la lógica, la razón y la ciencia, siempre han cubierto como un manto al planeta, por encima de diferencias nacionales e historias colectivas. Pocos sospechan que todos esos conceptos y doctrinas esconden dos cosas: la nación que las fecundó y los intelectuales que las construyeron.

Así, pues, siempre hemos sabido, pero no desprendemos todas las consecuencias del dato, que los Derechos humanos han sido franceses, promovidos por unos ilustrados refinados y ejecutados por unos revolucionarios asesinos, sobre todo entre ellos mismos; que el socialismo hegeliano fue generado por unos alemanes autoritarios y racistas, aplicado por unos políticos, sucesores de ellos, convertidos en diosecillos de la Historia; que la libertad frente a todo poder, creado por unos ingleses calculadores y pérfidos, sólo podía ser para ellos y no para sus colonias; que la diferencia postmoderna europea y multicultural estadounidense, sólo puede ser gozada por los que ya están dentro como ciudadanos, pero no por los inmigrantes de sus viejas ex -- colonias territoriales y financieras, que no dejan entrar; que la lógica (Hegel), la razón (Rousseau), la ciencia (Newton) y la técnica (Gates) euro-norteamericanas, se nos presentan como estructuras sin tiempo, ni lugar, sostenida por sus demostraciones, éxitos y pruebas por parte de cualquier observador, ocultando las características individuales de quienes las impusieron a todo el mundo. Tales son los casos del eurocentrismo racial de Hegel, el elogio de la fuerza convertida en derecho de Rousseau, la profunda religiosidad colonizadora de Newton y la caridad protagónica y clientelista de Gates.

Ninguna teoría es universal; todas tienen un indiscutible sello local. De tal manera, se puede decir que son culturas en batallas abiertas entre sí, imponiéndose algunas a las demás, de grado o por fuerza. Es decir, una teoría se convierte en universal, porque ha triunfado en virtud de su poder, y no por su capacidad de argumentación, frente a otra que ha competido con ella.

Cuando triunfan, sus creyentes no pueden oponerse a sus generalidades. Uno se ve condenado a aplicar, ajustar o adecuarlas a las condiciones específicas, pero el corazón de un paradigma no se puede cambiar o, elegimos a otro rival, y repetimos la operación, por ejemplo, los intelectuales latinoamericanos, no vivieron de eso toda la vida con el marxismo y las distintas teorías de la modernización y la postmodernidad?

La cadena metateoría – teoría – práctica, entra en lucha, después, con otras que rivalizan con ella para imponerse a la comunidad de científicos o intelectuales que, a su vez, la imponen a la sociedad entera, con el auxilio de instituciones educativas y ahora, los medios de comunicación.

La práctica es lo que menos importa y está destinada a probarse por creyentes, ciudadanos, militantes, audiencias o cualesquiera observadores.

Detrás de todas las cadenas están los intelectuales, ingenieros de discursos y demostraciones, quienes se “borran” a sí mismos en el proceso. Alcanzaron su mayor cumbre con el positivismo y la representación prometeica. Su invisibilización les suelta las manos para diluirse en la gente “común y corriente”, y no afectar sus mensajes. A cubierto de cualquier “bajón” lógico de sus argumentos, la separación kantiana entre la razón pura y la práctica, los protege de vincular éticas individuales a discursos universales. Sólo el psicoanálisis y después la postcolonialidad, vino a dar una salida diferente al vincular la historia y geografía individual con las producciones teóricas, artísticas y científicas.

Con la postcolonialidad hemos aprendido que la teoría se despoja de atributos específicos y se convierte en abstracción, en virtud de la magnitud de los imperios territoriales, financieros y mediáticos que la soportan.

“El déspota turco de Montesquieu, el Japón de Barthes, la China de Kristeva, los indios nambikwara de Derrida, los paganos cashinahua de Lyotard son parte de esa estrategia de contención por la cual el Otro texto es para siempre el horizonte exegético de la diferencia, nunca el agente activo de la articulación”, como decía Bahba.

Así, las fábricas inglesas de la primera hora del capitalismo, como han demostrado algunos historiadores, son copias de sus haciendas de las colonias de Ultramar; el cercenamiento del politeismo a la lógica aristotélica fue necesaria para la modernidad; el silenciamiento de la profunda religiosidad del álgebra árabe tienen que hacerla sin ni siquiera enterarse, los matemáticos y científicos; la razón cartesiana, el propio Descartes tuvo que convertirla en geometría analítica; las polvaredas de Cantor, regresan a la Tortuga y Aquiles de Zenón; la indecidibilidad e incompletitud de Gödel, repite la regresión infinita de Sexto Empírico. En fin, la razón (Atenea) vinculada a Dioses vivos en el imaginario filosófico griego, se vio doblemente despojada, convirtiéndola en “sustantiva”, como sucedánea del dios judío, e instrumental, como expresión descarada de poder.

Poco importa, por ejemplo, que Europa no haya inventado la rueda, la escritura, la imprenta, la pólvora, sino cómo la pusieron a su servicio los imperios para sí mismos y para una fracción muy pequeña de subalternos dentro de sus colonias, que posteriormente “universalizaron”.

Con la ayuda de los intelectuales (por medio de una violencia gramatológica que les llegó del auge de la imprenta) despojaron de sus atributos culturales específicos a todo aquello que podía servir a sus propósitos de dominio, disciplinamiento y control e incorporaron a sus matrices racionales, para el caso moderno, la espina instrumental de las otras culturas. Racionalizaron las culturas desde el tiempo eterno de ellos (lógica), arrancando el corazón vivo de las culturas que venían de vencer. El último, siempre destruía y absorbía al anterior, colocándose de espaldas al que le seguía. Tal hacen e hicieron decoloniales con postcoloniales; ellos, con postmodernos; estos con modernos; a su vez, modernos con cristianos; estos, junto a los bárbaros, con romanos; ellos con los griegos y estos últimos con mesopotámicos. Terminando, todo, en ser una mezcla que domina a otras.

Las mezclas son lo predominante. No hay casticismo (ni blancos o negros como quieren hacernos creer los científicos sociales norteamericanos con sus paradigmas raciales), ni actores con epistemologías puras u “otras”, con la que no cuentan, ni tienen ya en estos tiempos, como lo que nos quieren hacer creer los decoloniales.

Todas las abstracciones impuestas, son descargables desde mezclas para mezclas. De aquí que la diferencia (de tamaño), entre una mezcla y otra, sea sólo una relación de poder. Las hibrideces no son sólo procesos culturales, sino, sobre todo, tejidos de poder.

El asunto se puede demostrar, hoy, con los coloniajes mediáticos y financieros, donde un inglés elástico, rápido y superficial (casi Esperanto) es la lengua dominante. Y, más todavía, en que el mercado moderno (nacido en Venecia como un negocio judío) y la democracia griega (incierta siempre entre la virtud y el exceso demagogo) serán, dentro de pocos años, recombinadas por el socialismo chino y la democracia india, ya de suyo combinaciones del marxismo y el parlamentarismo europeos, con las China e India “profundas”, confucianas, taoístas, budistas, hinduistas y mahometanas.

La abstracción no existe o, mejor, se enmascara con estrategias para imponerse a los demás halagando o amenazando. Y cuando agrada, lo hace con la complicidad de actores internos (de tal modo que no podríamos llamar al fenómeno “violencia epistémica” sino “seducción” y no episteme, sino juego) que hacen apetecible ser como ellos y que valga la pena hacer sacrificios de cualquier tipo, para conseguirlo.

Ahora bien, todo se reduce pues al poder, los intelectuales y los desempoderados en grados diferentes. Aquí la representación, la emancipación y la diferencia juegan el papel más importante. Cuando uno de los eslabones falla, se abre un abismo. Si, por ejemplo, nos enteramos que sólo debe haber aquel tipo de representación que nos consulta y nos brinda el derecho de callar, cambiar de opinión o equivocarnos, sabremos que no hay certezas ni garantías de ninguna promesa. De igual modo, si asumimos que no hay salvación y, por tanto, salvadores de ningún tipo, y que la diferencia, junto con la identidad, no son más que juegos de poder, estaremos en la contingencia, la incertidumbre y el escepticismo sano, que se debe guardar frente a todo tipo de promesas y castigos.

El intelectual siempre ha sido un estratega del pensamiento: convierte la teoría a favor o en contra del poder, y la práctica para ser ejecutada por los desempoderados. Y debemos a todos los intelectuales, la idea que el pensamiento es el solucionador de todos los problemas y no, como descubrió Krishnamurti, el problema más grande de todos.

Con el pensamiento persiguiéndose a sí mismo, los intelectuales todo lo hacen posible. Pueden jugar también al revés y llamar cicatrices a las heridas, mezclas a las purezas, seducción a la violencia, juego a la episteme, como lo he hecho, hasta aquí.

En síntesis: no hay teorías universales ¿pero decirlo desde cualquier lado, autorreferenciando la expresión para anular todo lo que he dicho, y reírme de ustedes, no es ya en sí mismo, universal?