1. La publicidad no tiene filosofía, pero con la llegada de la noosfera, o lecturas del deseo en términos de poder, como esa que hace Santiago Castro Gómez (2008) y sus amigos para Colombia, atribuyéndole a la idea un valor absoluto, hegeliano, como adelanto del deseo a la realidad, es posible que la decolonialidad, y su rama foucaultiana, termine siendo la episteme de la publicidad.
2. He visto este tentación (la de acordarle a las ideas un poder que no me atrevo a asegurar que tengan) en los trabajos de Judith Butler, con sus concepciones del lenguaje performativo.
3. Sitúan al pensamiento (y los efectos de verdad que logra) por encima de todo condicionamiento material (eso hacen los decoloniales, cuando distinguen "colonialidad" de "colonización", por ejemplo), haciéndolo la fuente de todos los males y de las soluciones (cuando se imponga el pensamiento de ellos). Jerarquizan una diferencia, la misma que condenan, pero esta vez a favor de los intelectuales y de la materia prima de todos: el pensamiento. Pero este es precisamente el quid del asunto. El
4. Mientras los intelectuales se sentían cortesanos del poder, eran gramscianos. Ahora, arrojados de él, son foucaultianos (me incluyo). Allá eran apologistas y prodigaban consejos a un poder que no los solicitaba y que terminaban dispensándolos a unas masas semiletradas. Aquí somos críticos, en nuestra derrota, atribuyéndole a nuestro oficio (crear ideas) un poder del que carecen y que ha terminado por reducirnos a "expertos" de 5 minutos en la televisión para explicar los problemas del mundo.
5. ¿No será todo esto el sueño de los intelectuales que están en retirada ante la tiranía del formato audiovisual? Creer que las ideas se imponen en virtud de sí mismas a todo a su alrededor ¿Un regreso al Hegel más idealista por encima y desde atrás de un Marx más apropiado? ¿No hubiese sido mejor empujar hacia otras direcciones?
6. La publicidad es la misma utopía emancipadora de siempre, pero hoy como una longaniza dividida en chorizos/spots de 1 minuto cada uno. Son los mismos sueños modernos, sólo que discontinuos y en cápsulas cerradas. La magia de la publicidad, como la del cine, consiste en llamarnos a complicidad, por medio de la mirada, con el deseo de ser bien engañados y reconocer la belleza, cuando alabamos la estafa. Soñar no cuesta nada, en efecto, pero hacerlo es lo más caro que hay y alguien tiene que pagar el precio.
Castro-Gómez, S (2008) "Señales en el cielo, espejos en la tierra: la exhibición del centenario y los laberintos de la interpelación" en Genealogías de la Colombianidad. Pensar. Bogotá. págs: 222-253.
7. Vean 47 segundos de publicidad perfecta aquí. Tal vez Castro Gómez se anima a decir que así serán las mujeres del futuro.
2 comments:
Evidentemente, los sueños de muchos se convierten en las pesadillas de otros.
Siempre pensando en el futuro y lo que puede ser??? Eso contradice todo su discurso "profe"...of¡ olvidaba que es un discurso más
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