ULITEO LA PAGINA DE "NADIE" (ULISES) Y DE "TODOS" (PROTEO)

Wednesday, September 24, 2008

Comentario a la obra "Cuánto Cuento"

DEL CREADOR, SUS CRIATURAS Y SUS EVENTOS
(Comentario a Cuánto Cuento)

Por Freddy Quezada

Empezaré diciendo que no puedo hacer ninguna crítica literaria sobre esta obra, en principio por no ser mi especialidad y, además, creo que lo fundamental ha sido dicho por Roberto Aguilar en el prólogo. Pero sí deseo contribuir en el campo epistémico: la relación entre el creador y sus criaturas (como universo propio) y entre estas últimas con la realidad.

La historia y la narración tienen una estructura parecida, ya advertida por Paul Ricoeur, fundamentada en Aristóteles. Ambas se basan en el sentido que le brindan sus creadores y se construyen como tramas argumentales con un origen, un destino y unos acontecimientos dramáticos.

Para el caso de la narración, son los artistas en general y los narradores en particular los que dotan de sentido a todas sus criaturas. En la historia, son los intelectuales en general, y los filósofos en particular, quienes señalan el camino por donde todos debemos avanzar y el drama de quienes se oponen a ese horizonte. La narración y la Historia, coinciden en poseer un sentido brindado por el creador en el caso de esta, o el punto de vista dominante del enfoque histórico, en el caso de aquella.

Tomaré, para lo que quiero decir, un cuento en particular “El rito del silencio”. Roberto habló del bosque, permítanme a mí, ahora, hablar del árbol. Previamente, debo distinguir un evento de un suceso.

Un evento es un hecho de la realidad cotidiana que vivimos todos. Un suceso, es el mismo evento inscrito en las coordenadas de un relato que puede estar a manos de artistas o intelectuales. Si el evento se desfigura totalmente, estaremos en presencia de los primeros y si guarda aún características empíricas verificables por medio de pruebas documentales y rigores causales, estaremos entre los segundos.

Para que un evento se convierta en suceso, decía Sartre, es necesario y suficiente contarlo. Pero ya en el terreno de la narración, un suceso debe responder a sus reglas. Y la primera de ellas, como decía Darío, es la de crear, es decir, inventar criaturas.

En “El Rito del Silencio” hay dos hombres que se han encontrado en la vida desde siempre y, a pesar de que se reconocen con la sola mirada, nunca se saludan, hasta que uno de ellos muere y el primer saludo, será el último. Es una especie de despedida, más que entre dos amigos, de un evento que se transforma en creación y que abandona el nicho de la cotidianidad evanescente, inasible, impresentable, fugitiva… y vuela.

Pero hay que pagar la deuda que, al cerrar la estructura de cualquier narración, contraemos al perder la belleza de lo real de un evento, que no podemos perseguir, encerrar o transformar a fuerza de una imaginación pura. El hombre muerto en el cuento, en la realidad, no ha muerto. Existe y vive. Así que son dos personas: una creada y otra real. Nadie sabe quién es, qué hace y qué piensa esta última; no les importa a los creadores.

El creado y el real, de ningún modo pueden coincidir, porque no tendría sentido el oficio del creador/intelectual (el territorio coincidiría con el mapa), por un lado; y por el otro, el real seguiría siendo lo que es (el territorio seguiría siendo igual a sí mismo) y en la gran mayoría de los casos, ni siquiera se enteraría de la desaparición de los creadores.

La ruptura del silencio de los dos hombres, que se paga con la muerte de uno de ellos, rompe el encanto y el misterio guardado hasta el último momento.

Es ese misterio de lo real, que no puede ser señalado, ni siquiera con el auxilio del dedo adánico ocupado por García Márquez, para señalar las rocas de Macondo, cuando las comparó con grandes huevos prehistóricos. Todo lo real se mueve en el instante siguiente, arrastrando consigo su pequeño universo fractal y autopoietico, para cambiar, una y otra vez, cada segundo y detenerse eternamente en cada uno de los momentos. Tal paradoja es una ilusión aterradora y un caos inaudito, que no pueden soportar unos creadores amantes de la armonía, así como del orden y la obediencia a las reglas.

Un rostro real, sin duda, es más bello que todas las pinturas juntas del mundo y de seguro, los no intelectuales, puestos a elegir en medio de las llamas de su casa, si rescatar a su perro o a su biblioteca, muy posiblemente salvarían a su mascota. No desconozco los méritos de la creación, sino que devuelvo algo de dignidad a lo real, como ese silencio místico de estos dos conocidos que los mantuvo unidos, antes del desastre de saludarse, y ser capturados por el creador, en una representación que destroza toda esa magia y lo simplifica para provocar un efecto estético.

La violación de un silencio llegado de lo real, en nombre de inventar o descubrir su secreto, ejerce su propia vacuidad, y así se protege, coincidiendo con el propio vacío que ya contiene la violencia misma de la representación. Busca "afuera" lo que ya tiene dentro, como medio, para hacerlo.

Los artistas y los intelectuales no pueden ni quieren conocer, si no es a través de sus propias mediaciones, a las personas de carne y hueso, que les sirven de base, alimento y barro. ¿Será por eso que no pueden conocerlas? ¿Y por eso viven escapando de ellas a través de ficcionarlas dentro de una burbuja, que empujan desde dentro, para ilusionarse con un avance o un goce? ¿Cómo se llega a descubrir esto?

Creo que situándose en un punto de vista de segundo orden, donde intelectuales y artistas son vistos como un grupo social que comparte ciertos rasgos identitarios (todos quieren representar “algo” o a “alguien” y todos quieren salvarnos por medio de la emancipación o la belleza) y cuyos frutos son, así como ellos mismos hacen con los seres reales, tomados como la materia prima y el barro para los observadores de segundo piso, de tal manera que cada obra que producen, será inscrita en otro conjunto de reglas narrativas, donde los creadores serán, esta vez, las criaturas.

Los que nos creemos en un segundo observatorio, tenemos que estar claros, a su vez, de ser objetos de un tercero y, así sucesivamente, hasta que uno de los niveles superiores tenga la humildad de reconocer la inutilidad de un vuelo que ya está contenido, por entero, en el primero. En otras palabras, el todo estará siempre en cada una de las partes.

No está en los creadores conocer sin mediación, porque de lo contrario, para ser los eventos, tendrían que negarse y desaparecer en esos mutismos que sirvieron de base al cuento “El Rito del Silencio”, como yo en este preciso momento, que paso a convertirme en el evento mismo, sin suceso alguno que medie, después de cerrar este comentario e invitarlos a leer la obra de Javier González Serrano: Cuánto Cuento.

Sunday, September 14, 2008

El Suicidio de los intelectuales

EL SUICIDIO DE LOS dioses
(Mientras cambio de opinión y/o
reconozco un nuevo error)

Por Freddy Quezada
Introducción

No es nada nuevo decir que a partir del Humanismo y el Renacimiento, los europeos pasaron a ocupar el lugar vacío de su divinidad derrotada o en retiro. Algunos de ellos, en exclusiva desplegaron como herencia, todas las virtudes (que se vieron como horrores desde las víctimas en sus colonias) del Dios cuestionado.

Cada crisis en el pensamiento euro-norteamericano apela a estos fundamentos. A partir de Nietzsche, se abrió la posibilidad de que Dios estuviera muerto, pero aún así, le sobrevivió en el mismo Nietzsche, quien estaba testimoniando intelectualmente su asesinato desde otro fundamento igual de trascendente: la voluntad de poder. Dios seguía viviendo en sus asesinos y retadores más temibles: los intelectuales.

Los que han perdido fuerza, a partir de las crisis de representación epistémica (hablar a, con, de, desde y en nombre de los demás) y de las crisis que sufren todo el espectro de las emancipaciones, desde las más duras (vanguardias, partidos, escuelas, paradigmas, corrientes, etc.) hasta las más blandas (movimientos sociales, coexistencias alternativas, diálogos pluriculturales, etc.). Podemos hablar, entonces, del suicidio de los pequeños dioses, únicos herederos (según ellos) del entendimiento de esa luz “mayor” que contribuyeron a despedazar un buen día de julio de 1789, fecha impuesta como importante para sus colonias a través de sus letrados.


DEL PENSAMIENTO

El pensamiento, es el gran problema de todo y no la solución. Concebido como la gran mediación entre el ser y la realidad, cuya paradoja descansa sobre la idea que nos acerca más a unos objetos y seres a los que pertenece (en virtud de que no hay separación entre el pensamiento y el pensador), en el momento exacto en que su empleo (para justificar al pensador) nos aleja de ellos: nada puede ser visto sin él.

El pensamiento es el verdadero fundamento de toda la cultura occidental. Y lo que más le fascina es perseguirse a sí mismo por medio de un juego de contradicciones que lo afirma aún más. Se ha creído indebidamente que la cabeza es la parte más importante de nuestro cuerpo, donde están cuatro de los cinco sentidos, más el sentido propio de la reflexión (filosofía/ciencia/técnica) y la imaginación (política/moral/arte). De todos los sentidos, dos son ausenciales (visión y escucha que se pueden reproducir en ausencia de los cuerpos) y tres presenciales (olfato, gusto y tacto que no se pueden reproducir). La imaginación, por medio de la memoria, los subsume todos para escenificarlos, pero sólo puede reproducir dos.

Así, pues, a dos sentidos sensoriales, tres dimensiones euclidianas y una representacionalidad intelectual, le llamamos “realidad”. Con esta cadena de definiciones, en realidad, andamos por el mundo “suponiendo” lo visto y pensado que, muchas veces, por efecto performativo propio o impuesto, lo materializamos de verdad.

El pensamiento, además de lenguaje, es sentido. El sentido desde entonces ha sido el ser. Sólo cuando el sentido se quiebra, produce esos latigazos de lucidez sufridos por nuestra cultura y que supo ver bien Husserl, desde las guerras “mundiales” dentro de su continente, para el caso de “su” ciencia europea. El ser, privado de telos, de sentido, es un haz de fuerzas, un campo de batalla e ilusiones, un nodo de entradas y salidas, todas inasibles, fugitivas, cambiantes, irrepresentables e impresentables. La relación básica que se ofrece es de dominio entre un sujeto que “crea” a su objeto y lo investiga para su servicio. Este será negocio, oficio, recreación, obsesión y campo de los intelectuales. Profesionales del pensamiento que harán de sus habilidades, porque es parte del oficio, hacerse pasar por imprescindibles para dar “voz” a los sin voz, argumentos para liberar a los desposeídos, explotados y oprimidos, así como iluminar a los invisibilizados.

DE LOS INTELECTUALES

Son intelectuales, aquellos capaces de generar una opinión entre los demás (con el concurso de los medios de comunicación social) e imponerla por demostración racional o seducción sensorial, a través de una cadena de afirmaciones, dentro de un juego de fuerzas a favor o en contra de algo o de alguien.

El “juego” consiste en tomar en serio lo que dicen. Usualmente desde el ámbito escrito (de mayor prestigio y profundidad) y audiovisual (de mayor amplitud y fuerza) consiguen sus audiencias y consensos. Generalmente, separan su vida cotidiana, de lo que dicen creer. Hasta donde yo sé, sólo el psicoanálisis (bastante devaluado) y algunos historiadores, lograron establecer una conexión entre lo que dicen los intelectuales y lo que ellos creen ser. Los intelectuales prohíben la exhibición de su vida personal (ad hominen), pero necesitan siempre para ilustrar y legitimar sus mensajes, las de los demás, usualmente figuras binarias (para atacar a unos y defender a otros) construidas desde ellos mismos.

DE LA REPRESENTACION

Los intelectuales, en el sentido indicado arriba, parten de fijezas homogéneas y de matar las diferencias reales (y construir otras como virtud y derecho o naturalización y jerarquías) entre los seres y las cosas. Producen subjetividades e intercambian unidades representables con sus iguales, muchas veces adversarios, que son parte del juego.

Da lo mismo eliminar o resaltar, el tiempo, el espacio y las diferencias para convertir en teoría cualquier cosa e imponerla por seducción, fuerza, demostración, convicción o violencia, a otros usualmente débiles, semiletrados o enemigos superiores a sus fuerzas (con nombres abstractos como “poder”, “sistema”, “capitalismo”, “socialismo”, “culturas”, “globalización”, “colonialidad”, etc.), para justificar un poder hurtado a ellos y pasable como resistencia. Sin embargo, hay que saber distinguir dos tipos de representación; las epistémicas, abordadas en este ensayo y, las legales y delegativas, en la cuales los ciudadanos expresan su voluntad y deciden, por medio de procedimientos notariales, de elección, registro y control, disponer de ella.

El problema de la representación epistémica han sido los intelectuales, de los que no me excluyo: no los subalternos o hegemónicos de cualquier tipo, lugar o tiempo. Su relación central es amar (como el Dios severo pero amoroso que venían de derribar) las preposiciones utilizadas para separarse de sus objetos. Estas son pensar; a, ante, con, de, desde, hacia, en, entre, para y por los demás, debidamente representados (incluso negando hacerlo y viéndose a sí mismos en la operación como transparentes). En este último caso se abren alternativas de las que hablaremos en su suicidio.

DE LA EMANCIPACION

Es la madre de las ilusiones modernas. El verdadero núcleo de la modernidad occidental. Junto a la representación, dota de identidad a los intelectuales. No tiene sentido representar a quien sea, si no es para salvarlo en la ciudad, en el cielo, en la historia, en el lenguaje o en, y desde, los márgenes del sistema. Y la emancipación activa, alternativa y revolucionaria (deber ser), tiene su “otro” oculto en la crítica, como método, como acción (ser), de un presente del que se desea escapar hacia adelante; siempre hiede, no nos gusta.

Y esa es la diferencia entre las personas “pobres” o los/as “otros/as” (nobles, indoblegables, puros e inocentes) que construye un intelectual y el pobre y otro/a “real” (la barriada, el lumpen, el delincuente, el violador, la inculta, el indio, el negro, el chino, el árabe, la puta, etc.), a menudo a merced de la definición de otro intelectual adversario. Entre un “pobre” real y un pobre “real”, la diferencia no son solo comillas, sino ilusiones redentoras. Ilusiones de unas criaturas que estamos condenados a no saber nunca quiénes son de verdad y, aunque lo supiéramos, lo mejor para todos es no definirlos, no decirlo.

Cada estudio registrable sobre los/as “otros/as”, sea ejecutado o no con la mejor de las intenciones y por el mejor de los estudiosos, siempre terminará en los archivos de los servicios de inteligencia de potencias y embajadas.

Toda la desgracia occidental, proviene de no estarse quieta dentro de una habitación – como señaló Pascal. Las sociedades se han tornado en un infierno de salvadores. Se parecen a esos autobuses urbanos en las que nos abordan los predicadores, sin pedirnos permiso, obligándonos a escuchar sus amenazas de condenarnos, sino seguimos su camino redentor. La emancipación es una heredera de la esperanza pasiva de las religiones y síntesis del telos moderno. En la cultura occidental aún hace estragos, incluso dentro de los que creen adversarla y suponen no emplearla, para dirigirse a los demás, rehusando reconocer que lo mejor es callarse.

DEL SUICIDIO DE LOS INTELECTUALES

Si partimos de que no podemos representar a nadie, ni siquiera a uno mismo, porque constantemente cambiamos como cambian los demás, y además reconocemos que nadie quiere ser salvado, porque ha sido un invento nuestro sobre ellos, entonces se abren varias salidas a) decimos todo esto como último grito, a guisa del canto de ese cisne negro que pedía Popper, como prueba, para falsar a todos los blancos, y luego disolvernos; b) tenemos que decirlo cada vez que podamos, como aquella paradoja de los trapenses, que ordenan a gritos callar a sus hermanos de orden, cuando violan el voto de silencio; c) lo decimos, lo sabemos y sin embargo, seguimos repitiendo el fenómeno como modus vivendi; d) nos dejamos arrastrar por el curso de las cosas que, con o sin nuestra voluntad, orientación, dirección o sentido “externo”, cambiarán de todas maneras, como lo dijeron taoístas y anarquistas y ahora, teóricos del Caos con la “autopoiesis”, en materia natural y en materia social la “poiesis”; e) no seguir diciendo estupideces y terminar de una maldita vez por todas, aquí mismo

DE LA VIDA

Si fuera consecuente con la opción e) anterior, este apartado debiera quedar en blanco sobre fondo blanco, como el cuadrado de Malevitch. Al desaparecer los intelectuales, como los lemmings que se suicidan en masa para autorregular su especie, la vida se reconciliaría consigo misma, incluyéndolos, sencillamente porque siempre lo ha hecho, sin ellos. Pero, cuidado, la desaparición puede ser una nueva coartada de su borradura. Son especialistas en hacerse desaparecer detrás de puntos ceros de reflexión, separados de sí mismos como biografías y cuyos discursos nadie se los hace cumplir, por medio de controles y penalizaciones.

Si lo lógico es suicidarnos y disparar a nuestra identidad desde un universo que no tiene “afuera”, porque nosotros, sucedáneos de Dios, hemos creado todas sus criaturas, levanto los brazos y me rindo: pertenezco a la opción c) y, precisamente a causa de saberme cómplice de este crimen, por esta vez como un gran lemming disfrazado de flautista de Hamelin, tocaré el instrumento para encabezar el despeñadero de todas las ratas y reírme del chillido de las muy putas.




Friday, September 05, 2008

Ética a la carta

Etica a la Carta

Por Freddy Quezada

Mis alumnos de Ética y Comunicación, me solicitaron presentarles un pequeño esquema de la
discusión sobre la ética en general y entre los comunicadores en particular.

En este trabajo, presentaré las variedades teóricas, tal como les he informado a ellos, como un camarero cuyo menú ofrecido, sólo el solicitante podrá elegir, excepto que pregunte por la especialidad de la casa y, en ese caso, será un placer de este servidor explicar sus bondades.

Para las particularidades de la profesión de comunicador, creo que es mejor emplear una metodología casuística y discutir caso por caso: que lo estamos aplicando con el empleo de algunas películas contemporáneas, referidas a situaciones empíricas que experimentan los comunicadores de todo el mundo.

Partiré de la siguiente idea: Sólo los libertinos y los santos pueden ser integralmente éticos. Dentro de una campana de Gauss, esa curva de distribución normal de datos que se representa en la estadística, serían las “colas” simétricas: los santos son los que hacen del ser un deber y los libertinos, de ese mismo deber, un placer. Jacques Lacan dijo una vez que Kant es el otro de Sade o viceversa. La mayoría de nosotros, sin embargo, estamos debajo del hongo de Gauss: traicionamos todos los días nuestros deberes, por los pequeños y grandes placeres que nos tientan y nos hacen practicar una doble moral. Este es el sentido básico de decir, que la mejor ética es aquella que no puede decirse y su esencia, la de ser traicionada. Sino lo hiciéramos, el planeta estaría poblado de personas como San Francisco de Asís y Madre Teresa de Calcuta en Ciudades de Dios y del Sol o de sátiros y pervertidos en Sodoma y Gomorra.

Con todo, no hay una sola ética. Buena parte de los especialistas del tema, hablan de una ética dialógica (Habermas, Appel, Cortina, Savater, Rorty, Dussel, etc.). Hoy, podemos hablar de un menú de éticas, de una carta discrecional, elegible según el gusto del ciudadano, como lo explicaba Gilles Lipovetsky en su obra “El crepúsculo del deber”. En efecto, hay una ética a la carta, dentro de la cual la ética del deber es sólo una de ellas, ni superior, como se creyó antes ella misma, ni inferior, como creen algunas de las que la derrotaron; sólo diferente; una entre otras. Veamos los tipos.

Ética clásica: Desde Aristóteles hasta Séneca. Es la ética de la realización y la plenitud de los hombres en las ciudades que, por principio, son buenos y tienden al bien común. El único lugar donde podían desplegar todas sus potencialidades, expresables en virtudes ciudadanas, era en la polis griega y en la civitas romana. De aquí que la ética sea a la vez política y filosofía, carácter y sentido. Séneca será el primero, ante la decadencia del imperio romano, quien empezará a decir que uno sólo se puede salvar en el cielo jupiteriano. Será la cama que encontrarán preparada los cristianos.

Ética cristiana: La salvación sólo puede ser encontrada fuera de las ciudades, en el cielo y, por medio de un juicio inapelable de Dios, que nos premiará o castigará, conoceremos también el infierno y la culpa. El paradigma será la garantía de no extraviarnos por un pecado original que nos hace, por principio, pecadores y corruptibles. El pivote central del sistema será la observancia estricta de los mandamientos de la ley de Dios.

Ética del deber formal: Kant continuará y secularizará la ética cristiana. Sólo hay deberes inflexibles sin tiempo, espacio ni justificaciones. El deber mismo es su propia recompensa. Nadie deberá tener excusas para cumplirlo. Variantes de este tipo se le encuentra también en Max Weber, quien opuso la ética del responsable (kantiana) a la del convencido (revolucionaria). Zygmunt Bauman, un sociólogo contemporáneo recoge, un poco a lo Che Guevara, la ética de la responsabilidad a través de hacer propio, el dolor abstracto y lejano de los “otros” que no vemos. En el nacionalismo, el deber más alto será defender a la patria, hasta con la vida misma si fuera necesario.

Ética del deber histórico: Para Hegel, sólo habrá deberes, en forma de leyes dialécticas, para con el espíritu y la historia eurocéntrica. Sólo habrán deberes para con la misión de los oprimidos y explotados, según Marx, su heredero. La revolución será el máximo y el más sagrado de los deberes. Y la Historia el más grande e inapelable de los tribunales. Ningún derecho para los enemigos de clase y todos para los trabajadores, pero hasta que cumplan con el deber de conquistar el poder.

Ética del poder: Maquiavelo dará al traste con toda la inocencia de la ética grecolatina y la hipocresía de la judeocristiana. No le importarán los fines discursivos hacia los que tiende el ser humano, ni la garantía de un discurso ético religioso, entre quienes precisamente descubrió las leyes del poder, donde la ética ejercerá el papel de un arma discrecional en manos de los tenientes del poder o aspirantes a serlos.

El poder será medio y fin, a la vez. Todo lo demás, en primer lugar la ética, tendrá un carácter instrumental y relativo; ejercible y tomada en serio, sólo por los súbditos. Es decir, una Ética para los gobernados y otra, de absoluta libertad, para los gobernantes. Sino fuera por su obsesión de poner al servicio de los nacientes Estados nacionales sus consejos, el maquiavelismo hubiese terminado siendo un delicioso juego para diplomáticos de carrera y ambiciosos en general, sin perjudicar a terceros, un poco como esos juegos electrónicos que les gusta a los niños y jóvenes de hoy, o como esos bailes de luchas ilusorias de los que habla la religión hindú. El rayo de lucidez maquiavélica, lo cerrará de nuevo el nacionalismo.

Ética del derecho: Ya no habrá salvación en las ciudades, ni en el cielo, ni en la Historia, sino sólo en el lenguaje, con el empleo de un vocabulario políticamente correcto y en la lucha por exigir el derecho de los diferentes. Con el descrédito en las grandes promesas emancipadoras de la modernidad, a partir de la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS, Jean Francois Lyotard y otros autores, empezarán a glorificar a los movimientos sociales y su moral de pequeñas esferas. El derecho empezó a reinar sobre los deberes. Todo el mundo empezó a exigirlo a quienes, la víspera, sólo ordenaban obedecer. Así, hubo quienes preguntaron, entre estudiantes, por qué todos los pupitres tenían su paleta de respaldo a la derecha, violando el derecho de todos los zurdos. El derecho de los “diferentes” (muchas veces marginales, minoritarios, subalternos, colonizados, silenciados e invisibilizados) empezó a ganar carta de ciudadanía.

El derecho también contó con sus propios excesos. Llegó a ser respondido por sus enemigos de dos modos: reconocerlo, pero como jerarquía y naturalización, como lo hicieron antes los colonizadores, haciendo fila en la flecha del desarrollo para los inferiores o, reconocerlo, con todos sus atributos, pero enviándolos de regreso a casa, donde deberían practicarlo. Usando el tiempo en aquel caso (con las excolonias, por ejemplo) y el espacio en este (con los inmigrantes, por ejemplo), el eurocentrismo aún defiende sus intereses y su imperio en el área moral e intelectual.

Éticas alternativas: La diferencia reconocida como derecho, y vistas desde las ex-colonias europeas, ha llevado a algunas corrientes a reclamar la coexistencia con “otras” éticas, sentidos y cosmovisiones, que no sean subalternizadas (ego subalter), ni busquen imponerse a “otras” por medio de la jerarquización (ego conquiro) que vienen ellas mismas de sufrir por las éticas hegemónicas y despóticas de los centros dominantes, donde también hay “otras” éticas dentro del “Mismo”. China comunista, como ilustración de esto, siempre ha desautorizado las presiones de las Naciones Unidas sobre su régimen (por otro lado tan marxistamente occidental como el cubano) llamándolo Imperialismo de los Derechos Humanos.

Por su parte, existe también lo que podríamos llamar de modo impropio la ética “oriental”, o aquella que niega, renuncia y rechaza, el “deber ser” que funda toda ética occidental y la disuelve de dos maneras: a) funde el “ser” con el “deber ser” en un sólo punto, que es el todo que se ignora a sí mismo, donde pensar y actuar correctamente es lo mismo; b) coloca dentro del “ser”, al “deber ser” y hace lo mismo en el otro cuadrante, donde coloca el “deber ser” dentro del “ser”, como en el yin yang, anulando el “afuera” y el “adentro”, situados en ambos lados, a través de una sola unidad que se diluye.

Ética del placer: Es un contrasentido hablar de ética para el placer. Son términos excluyentes. También la época contemporánea es la época de Sade, una de cuyas reivindicaciones, separar el placer de la reproducción, en el presente, en el momento, por ejemplo, se convirtió en un nuevo valor, sobre todo entre los jóvenes, las mujeres y las minorías no heterosexuales.

La ética del placer, como la del poder, y la del humor, es no levantar barreras para acceder a ellos. La ética clásica en este sentido es un obstáculo. El Marqués de Sade partía de que el placer en todas sus formas, incluyendo su opuesto, el dolor, no debe ser impedido por nadie, ni siquiera por la cultura, esa forma de reprimir por medio del disciplinamiento y la educación del deseo, como descubrió Freud, en efecto, las pulsiones de Eros y Tanathos, de la pasión y la muerte.

Saturday, August 16, 2008

La patria del dolor

LA PATRIA DEL DOLOR

Por Carlos Schulmaister

En una clase para futuros maestros sobre el mito universal de la patria, una alumna me preguntó si mi particular mirada sobre la historia argentina obedecía a la altura desde donde observaba la misma, es decir, allí donde el contraste entre los sueños y la realidad de mi generación ya no me afectaba ni me hacía mella -algo así como un "nirvana" dijo ella aventurando una hipotética fuga de la realidad-, o si mis concepciones eran fruto de un terrible desconsuelo.

Contesté que no inmediatamente a la primera parte de su pregunta, aclaré que el lugar desde donde oteo el pasado y el presente no es precisamente un sitio de elevación.


Y si bien para la segunda parte de la pregunta -aquello del desconsuelo por el fracaso de las afecciones políticas e ideológicas mías y de mi generación- hago extensivo el no de la primera parte, debo precisar que no es un motivo de alegría para mí hablar de la patria con el sentido que lo vengo haciendo.

La patria es algo que duele para quienes son sensibles a ella, le dije. Pensando en eso dije aquel verso exquisito de Leopoldo Marechal: "La patria es un dolor que nuestros ojos no aprenden a llorar..."

Hasta allí nomás, respondí, pues, a mi alumna.

Luego de la clase continué recordando la pregunta y mi respuesta. Evidentemente, su brevedad, debida al hecho de tener que cerrar el tratamiento del tema de ese día, no me había dejado satisfecho ya que la pregunta revelaba la presencia de una alumna inteligente, capaz de pensar simultáneamente en la parte (mi concepción sobre la patria) y en el contexto histórico (obviamente personal) en el cual ella se habría gestado, amén de sentir curiosidad por develar esto último.

Como estas condiciones son necesarias para el pensamiento crítico (algo de cuya necesidad constantemente se habla y hablamos), el hecho de haberme dado pie para profundizar lo que pensaba en la feliz circunstancia de poder devolverla a la clase, resolví pensar detenidamente en lo sucedido y escribir estas reflexiones.

Si bien no acepto la versión metafísica de la patria, así como tampoco la clásica sentimental o estética ni la amalgama de todas ellas en su vinculación con el suelo nativo ni con la cultura nacional -para mí la patria es el amor al prójimo total, es decir, a la humanidad, sin fronteras ni propiedad sobre el suelo que tenemos de prestado- y aun reconociendo la importancia histórica de su existencia, me duele la patria como un espacio perdido o deshabitado de mi alma.

Pero mi dolor no es desconsuelo, resignación, ni olvido. Por el contrario, mi dolor es una catarsis, una purificación, un sufrimiento buscado para curarme otros dolores viejos, precisamente experimentados cuando creía en aquella clase de patria a la cual hoy mi cerebro y mi alma le dan la espalda.

De modo que si aquellos viejos dolores de la encarnación personal de la patria en mi alma debía sublimarlos en el pasado -como era de esperar, para ser patriota- este nuevo dolor de la purificación buscada lo vivo en una dimensión que puedo soportar con el corazón caliente, sí, pero con la cabeza fría, es decir, sin enajenar mi conciencia.

Aquellos viejos dolores que me ocasionaba esa clase de patria que había adoptado en mi juventud los viví como muchos contemporáneos y aun otros anteriores en la creencia de que movilizaban el tránsito de mi ser, de nuestro ser, hacia lo absoluto, es decir, hacia lo alto, pero en realidad ni mi alma ni mi cuerpo ascendieron nunca por esa vía a aquel solar imaginado. Y quienes creían y sentían lo mismo que yo respecto de esa patria tampoco ascendieron. Lo real fue que nos estrellamos contra el suelo y más abajo aun, hacia las simas del dolor y la incomprensión.

¿Por qué fue así? Porque la patria no tiene alas, sólo existen en la imaginación alterada.

En cambio, este dolor de soledad de patria, buscado serenamente para limpiar el alma, y si es posible para ayudar a otros a hacer lo mismo, sí permite volar, pero no en las alas imaginarias de una entelequia, sino en el vuelo poético de las efusiones del alma pues -como dijo nuestro poco reconocido Córdova Iturburu- "la poesía es hija del dolor".

Trascender, pues, no se logra por imperio de la voluntad ni de la razón; nadie se eleva más que hasta donde llega la fuerza del impulso que lo impele. Para elevarse primero hay que caer; luego, si por azar o por destino podemos rebotar nos elevaremos, pero no por causa de nuestro ego, sino de la levedad de nuestras almas.

Por eso creo que las palabras, en este caso con intención docente, que nacen de nuestro dolor compartido deben servir para sanar las heridas de las almas. Nunca para reabrirlas.

CARLOS SCHULMAISTER (*)

Especial para "Río Negro"

(*) Profesor de Historia

Friday, August 08, 2008

Tipología de letrados

TIPOLOGIA DE LETRADOS

Por Freddy Quezada

Esta tipología de letrados que presentaré, nace de un comentario crítico que me despertó la obra de Carlos Midence, “La invención de Nicaragua”, la cual carece de ella. Para aproximarme un poco más a esos “otros” de la ciudad letrada que, para mí, son los desilustrados, en nombre de los cuales han venido hablando, para bien o para mal, intelectuales modernos de todo tipo y lugar, decidí presentar una tipología tentativa sobre ellos.

No es una tipología educativa ni sociológica propiamente dicha, sino una caraterización de celdas abiertas de un panel articulador de diferencias de poder entre unas categorías y otras. Parte de que la diferencia puede ser enfocada de dos maneras: a) como valor y derecho, desde los cuales se puede hablar de un régimen basado en el respeto a la diferencia o en la coexistencia de todas las diferencias con el sistema hegemónico; b) como jerarquía, donde se racializa una imperialidad postcolonial que ahora domina desde la imagen. La "diferencia de estas diferencias" es la misma que hay entre xenófobos y postmodernos. La de aquellos que la reconocen para exigir que regresen a casa los "otros" en nombre de sentirse más cómodos y seguros; y la de aquellos que exigen reconocer la alteridad y convivir con ella.

Los estudiantes distinguen estos tipos de diferenciación desde su pirámide escolar. Y quienes se las procuran, por oposición, son los iletrados. Los estudiantes se saben frente a ellos, a veces en el seno mismo de su hogar o en el barrio, diferentes jeráquicamente, aunque se sientan parte de esa familia o de ese barrio. Al contrario, dentro del universo escriturario propiamente dicho, el letrado sólo puede exigir, entre sus iguales, derechos pero nunca superioridad.

Carlos Midence habla en general de los letrados, siguiendo la tradición de Ángel Rama y su obra canónica “La ciudad letrada” y vincula esta matriz a la poesía en Nicaragua como ficción fundante, siguiendo la tradición de Doris Summer, articulándola con la polis y su identidad como nación poética.

Todo el trabajo está cubierto por el paradigma del poder que han ejercido en condiciones coloniales /modernas, las elites letradas y las formas que tienen de seducir, disciplinar, controlar y racializar, precisamente, a los “otros” de esa ciudad. “Otros”, que todos los días quiebran sus normas jurídicas, corrompen su etiqueta, desfiguran sus reglas gramaticales, ignoran sus bibliotecas, se resisten a visitar sus archivos y museos, irrumpen periódicamente a través de revoluciones, o ahora, en los medios de comunicación, se presentan sin mucha mediación letrada como: en la nota roja, los talk y reality shows o con su desobediencia epistémica desde sus “otras” racionalidades (campesinas, desilustradas, étnicas y aborígenes).

Esa ciudad, cuyo vientre reproductor de pequeña abeja reina, son las universidades. Las cuales producen cuadros para el Estado (la verdadera ciudad letrada postcolonial, por su monopolio de la violencia legítima), las cúpulas de la sociedad civil y el mercado.

Dentro de los regímenes escriturarios, la norma es la diferencia que se establece entre todos los que la habitan como universo dominante. Pueden incluso tratar de anularse por medio de cosmovisiones, teorías, ideologías y hasta guerras, pero siempre compartirán esa hermandad de segundo grado que es la reflexión a través de la escritura y la lectura. No hay “afuera” en este universo, o no hay nada o están los bárbaros a los que hay que reducir. Las universidades y sus representantes, sean críticos o apologistas, la ven siempre desde adentro hacia el mundo que hay que refinar.

Todos ellos, pese a sus diferencias entre modelos (tomista, humboldtiano, napoleónico, norteamericano, reformista) y métodos (tradicional, aprender jugando, liberacionista, constructivista, facilitador, alternativo, aprender a aprender, etc.) nunca ponen en cuestión la violencia gramatológica o más bien, seducción, que ejercen entre los “otros/as” no letrados/as.

Obviamente, no todos los ilustrados son iguales entre ellos. Aún dentro de las recámaras de la “abeja reina”, se establecen campos de lucha, jerarquías que les llegan de mil fuentes (como demostró Bourdieu para las grandes universidades francesas) y que suponen parecer a las altas casas de estudios, verdaderos campamentos militares en tiempos de paz (con su cuerpo de oficiales, ordenanzas, simulacros, capacitaciones, contingentes ante desastres, entrenamientos, rutinas, mapas y burocracias). Del mismo modo se reproduce ese modelo, a veces con menos disimulo y elegancia, en los techos del Estado y de la sociedad civil.

El régimen escriturario (asediado desde siempre por amplias mayorías semiletradas) es débil en países como Nicaragua. Sus miembros son minoritarios y subalternos epistémicos de las metrópolis. Están expuestos constantemente a crisis periódicas.

Primero por factores económicos, quebrando la movilidad ascendente de la meritocracia académica, donde no siempre los doctores son los dirigentes principales de un país, a veces ni siquiera de la misma universidad para que la trabajan; donde los hijos heredan las empresas de sus padres, sepan leer bien o no; donde las destrezas en mercados reducidos no necesitan las calificaciones de las economías de escala y los más obedientes políticamente, muchas veces letrados básicos, escalan más rápido en las esferas del Estado y la sociedad civil, que letrados de mayor calificación.

Segundo, la crisis más fuerte le llega al régimen letrado, de los medios audiovisuales y su actual hegemonía, que ha encontrado a receptores semiletrados o iletrados completos, como rescoldo amplio y poderoso de sus propias estrategias de dominio y hegemonía frente al mundo de la imprenta y la escolaridad.

La universidad no sólo está involucrada en el fenómeno como institución, sino también como paradigma epistémico (ajustándose al mercado y a las nuevas tecnologías) y ha tenido que reconocer el debilitamiento del régimen letrado y escriturario en sociedades que jamás fueron, ni cercanamente, alfabetizadas. Nos engañamos al confundir nuestra misión “civilizadora” con la realidad, que nos hizo ocultar nuestro carácter siempre minoritario y elitista. Hay que decirlo con todas las letras: los letrados, en especial los superiores, nunca hemos sido mayoría en nuestro país.

Por aquí debiera empezar todo evaluación descarnada sobre las universidades en países postcoloniales. Esta conciencia de minoría cambia todo el modo de ver la sociedad, sus grupos sociales y las relaciones de poder que se establece entre todos ellos. Pero sobre todo el poder de crear, recrear o reproducir de los letrados superiores o intelectuales, ideas que, tarde o temprano, recogerán (y morirán o matarán por ellas), los no letrados.

La idea que el pensamiento, precisamente, es el núcleo más importante de todo ser humano y que es la cabeza, para todo occidental, el más valioso de los tesoros, como una vez lo señaló Osho (recordando la anécdota de Alejandro Magno contra un sabio hindú al que lo amenazó con cortarle la cabeza sino le respondía sus preguntas) lleva de la mano a la conclusión que los profesionales del pensamiento, es decir, los intelectuales, son lo más preciado, aunque no los más poderosos, entre todos los grupos sociales.

Sus conceptos madres, de los que no pueden prescindir, a menos que estén resueltos a suicidarse intelectualmente y desaparecer como grupo social, son la representación, sobre todo de los demás (y hasta de sí mismos cuando las cosas se vuelven críticas para ellos), y la emancipación, de la que siempre se presentan como confidentes del porvenir. Su mundo son las ideas y sus casas las universidades, pero tal cosa no los libra del mundo de luchas y estrategias que se encuentran en todos lados, tanto entre ellos, como de todos ellos contra los “otros”, ya sea para seducirlos o neutralizarlos.

¿Pero quiénes son los “otros”? Pregunta clásica que le hicieron una vez a Edward Said (La representación del colonizado) a la cual respondió, que precisamente de eso se trataba todo, de averiguar quiénes son para seguirlos dominando. No sé si yo traiciono esa estrategia de Said y en general de los postcoloniales, al hacer una tipología que, en cierto sentido, destruye definiciones únicas, homogéneas y universales. Es decir, propongo no definir nada, quebrar un concepto, desmenuzarlo, astillarlo y ofrecerlo de modo oblicuo para cubrir, precisamente, su retirada de una mirada colonizante y racializadora.

Estoy claro que la tipología que presentaré, adolece de un respaldo empírico y estadístico, fácilmente obtenible de los censos nacionales más recientes y algunas presunciones cuantitativas. Pendiente de ello, debo alertar que, sin embargo, el propósito no es atiborrar de cifras y hablar en su nombre, sino establecer una cartografía, que nos oriente en este régimen y nos pueda brindar mejores pistas que otros más clásicos, como el marxista de clases sociales, el neoliberal de empresarios y mercado, el postmoderno de movimientos sociales entre otros. Para el caso específico de las universidades, romper su condena de producir empleados o desempleados, altamente calificados, o egresados que produzcan ellos mismos las empresas que, a su vez, ofrecerán empleos.

Es de mi interés resaltar la conexión que guardan, dentro de regímenes letrados, hegemónicos pero minoritarios, en países postcoloniales: el Estado y los desilustrados diversos, subalternos, pero mayoritarios que lo acompañan en sus proyectos. Estado que ya ha definido a priori a los “otros”, y en contra de los cuales, ha logrado afirmar su identidad reconocida por todos.



Veamos los tipos:

a) los superiores, subdivisibles en dos: los que producen y los que reproducen ideas, retomadas luego por uno o varios de ellos, desde liderazgos nacionales (verdaderos despotismos ilustrados), autoritarios o democráticos, no importa para los fines de esta clasificación. Para el caso de Nicaragua, país postcolonial, nuestros letrados superiores son más bien del tipo de reproductores (a través del aspecto educativo, hoy débil, de los medios de comunicación) y sólo crean en el ámbito artístico, respondiendo de ese modo a la jerarquía epistémica que ha hecho el eurocentrismo donde el tercer mundo está condenado a producir cultura, pero nunca pensamiento;

b) los intermedios, que constituyen la base letrada del régimen, constituida por profesionales, profesores, estudiantes y trabajadores calificados de todo tipo, son la cadena que legitima todo el sistema, le da su peso y brinda esa ilusión óptica del poder de un gran número de “ciudadanos” que los marxista descomponen en clases sociales y lo postmodernos en movimientos sociales, pero que, en realidad, están racializados en criollos, mestizos, mulatos, “negros” e “indios”;

c) los semiletrados, verdadero grueso de la población, que se subdivide en dos tipos: los que no cultivan la lectura y la escritura, alegando olvido, porque no lo necesitan en sus operaciones cotidianas, y los que se dedican (como los niños y jóvenes de clase media) a los multimedias (radio, mp3, televisión, Internet) por encima de la lectura o la escritura formal, prefiriendo la música, las películas y los juegos electrónicos;

d) los iletrados, son los que están totalmente fuera de la ciudad letrada en el ámbito rural (campesinos analfabetas), en el urbano (indigentes y desestructurados), los que dominan “otro” régimen escriturario (inmigrantes recientes) o cultural (afrodescendiente, aborigen).

Cuando la Historia, era el terreno de la lucha entre letrados, las "masas" nos siguieron hasta que se cansaron de las promesas de la ilustración liberal o marxista. Ahora que las "masas" saturan los medios de comunicación, son los ilustrados quienes se ven amenazados de ser arrastrados por ellas.

Apelaré, para ilustrar este desgarramiento de los letrados, a un hermoso cuento que miré en un programa espiritual llamado Maytte, donde la consejera habla de un profeta que llegó a un pueblo nuevo y empezó a ser escuchado inicialmente con entusiasmo, hasta que fue desapareciendo poco a poco su audiencia y terminar solo predicando. Una persona que pasaba por ahí, le preguntó una vez por qué seguía insistiendo en cambiar a las personas que ni siquiera llegaban ya a escucharle y le dijo: "Ya que no pude cambiarlos, ahora lucho porque ellos no me cambien a mí".

Saturday, August 02, 2008

Inocencia y pureza de la diferencia

INOCENCIA Y PUREZA DE LA DIFERENCIA

Por Freddy Quezada


Lo que diré a continuación sobre este tema, voy a ilustrarlo en tres cuadritos sencillos, tipo comics de Condorito y está dedicado a las personas que no les gustan los temas complejos que, estoy claro, son la mayoría.


Cuadro No. 1: Condorito se dirige a Ungenio: La diferencia

La diferencia moderna tiene una tradición en Europa que va de Durkeim (diferencia dentro de las sociedades orgánicas) a Heidegger (diferencia entre el ser y el ente), pasando por Levi Strauss (la diferencia articulada a la mismidad), Derrida (la “diferancia” en la escritura como espaciamiento y temporización a la vez), Lyotard (el diferendo como juego de lenguaje), Lévinas (el “Otro” absoluto) y Lacan (el Gran “Otro”). Los dos últimos, rompieron la diferencia del “otro” con el “mismo” de modo radical, hasta independizarlo completamente del ego, sea como respeto superior y debido por encima de uno mismo, como decía Levinas; o, como el gran determinante de nuestros actos, como pensaba Lacan.

La diferencia absoluta y pura, supone la inocencia de los “otros”, cuyas consecuencias para el que se siente fuera de ellos y los defiende, debe abrazar, incluyendo sus totalitarismos, abusos y perversidades: si algunas tienen y quienes los defienden se las reconocen. Les llegan, según estos, de articularse como subalternos al poder que los domina. Es decir, siguen guardando su inocencia.

La diferencia y el otro, son categorías ontológicas y espaciales. Desde ellas, se puede rechazar la historia lineal y eurocéntrica y abrazar la geografía y la episteme en su “alteridad”, en su pureza. Baudrillard le llamó una vez a esto las “orgías de la diferencia” que no eran más que el “mismo”, pasando de una máscara a otra, para ocultar su vacío.

La cultura occidental, donde los mestizos colonizados hemos sido reducidos por el eurocentrismo a la obediencia debida, con la gran salvedad de hacerlo con simulacros, engañifas, artificios, mímicas y burlas, ha girado siempre alrededor de la igualdad y su otro: la desigualdad; de la libertad y su otro: la esclavitud. Sus luchas han sido juegos de poder dentro de lo “mismo”.

En esta línea, si hay algo que no soporta la democracia contemporánea es la diferencia absoluta, porque ella se siente la única, y sufre por el desafío de las alteridades puras - que no quiere comprender -, las que tarde o temprano la derribarán. ¿Por qué? Porque la inocencia se la vincula con la diferencia pura. Y esa es la nueva articulación que están tejiendo los emancipadores de turno. Por principio, los “otros” son inocentes, al menos para quienes los defienden de sus satanizadores, y su derecho a la diferencia descansa precisamente en “dejarles” (por supuesto con los intelectuales de guardián) hacer lo que les impide el poder que los subalterniza.

Camus decía, “el día que todos nos sintamos culpables, empezará la verdadera democracia”. Frase misteriosa que aún aturde. Pero, cada vez que vemos inocentes desde la pureza de una diferencia (de los pueblos originarios y de los grupos étnicos, por ejemplo), se repite la rueda en víctimas y verdugos y, alguien que denuncie a estos últimos, salvará a los inocentes, salvándose él mismo. ¿Acaso no es esta la historia de la Ilustración y de los colonizados que quieren repetirla?

Conclusión, Ungenio: la diferencia es sólo una relación de poder entre el alter y el ego.

Cuadro No. 2: Condorito le explica a Pepe Cortisona: La pureza

La espacialización de la diferencia multicultural en contraposición de la temporalidad de la homogeneidad eurocéntrica, ha abierto un nuevo problema: el de la “inocencia” de los sectores sufrientes, articulada a la pureza de las diferencias.

Los intelectuales que “ven” todo esto, asumen diversas posiciones: se salen (como los estructuralistas), están adentro y afuera al mismo tiempo (como Derrida), se comprometen decididamente con ellos (como los decoloniales) o suspenden su juicio (como los postcoloniales). Pero todos, a excepción de una poscolonial (Spivak), se borran a sí mismos, presentando sus puntos de vista como universales, indecidibles, polisémicos, marginales o comprometidos (como lo demostró para el caso de los académicos franceses, Pierre Bourdieu). Sin embargo, nadie expresa a como dijo Cioran, esto es un invento mío y quiero que me alaben y se me reconozcan los bienes y placeres que merezco. Porque incluso los más convencidos de sus causas, son los que menos advierten su borradura y al revés, su “transparencia” (Spivak) es más pura, según ellos, entre más convencidos estén de luchar por cualquier liberación. Las certezas siempre han sido la fuente de todos los despotismos. Temed a cualquiera que os asegure cualquier cosa.

Para ser consecuentes hasta el final con los defensores de la inocencia de los diferentes, se podría optar por varias salidas: derribar hasta la última piedra del sistema responsable que los esclaviza, coexistir con el sistema (y correr el riesgo de ser llamado traidor por sus iguales), reformarlo (y enfrentarse a los que quieren derrocarlo o mantenerlo), negociar con él (y abrirse a mil fórmulas), hacer como si (y jugar a las tretas del débil), etc. Todas ellas, caen dentro del campo de las estrategias de poder, conocidas y repetidas. Cabría mejor preguntarnos ¿No corremos el riesgo de trasladar todo el andamiaje eurocéntrico del tiempo lineal y sucesivo a una reconceptualización igual de eurocéntrica sobre el espacio por la vía de la inocencia y la pureza de la diferencia?

¿Qué quiero decir? Que hoy la inocencia tiene una relación de discurso, como fundamento, con la diferencia. Este posibilita a la diferencia para desplegar todas sus potencialidades, incluidas sus miserias y vicios, contra sus verdugos. Esta inocencia es una construcción exclusivamente intelectual que ha pasado de víctima en víctima (desde los “pueblos” hasta la “democracia”, pasando por el “desarrollo”, la “niñez”, los “pobres”, entre otros.) y que lo único que podría romperla es declarar la culpabilidad de todos y arrojarnos a un mundo sin ingenuidades ni certezas.

Pero no es suficiente, aunque sí necesario. Entonces, ¿Qué quedará de un discurso donde hay inocentes de un lado (la “democracia”) y de otro (“grupos originarios y étnicos”) sabiendo de antemano que los culpables, sostenedores de esos discursos, se reparten en todos los bandos? ¿Habrá llegado la hora de hablar en nombre propio, con nuestros expedientes privados a la vista, para someterse a la prueba de todos, igual de miserables que uno? ¿Tendremos en consecuencia que hablar no de certezas ni demostraciones discursivas, ni siquiera de las éticas de los mensajeros, sino, sobre todo, de un control inclemente y rígido, de unos sobre otros? O ejecutar la otra alternativa: no expresar discurso alguno, saberse culpable y hacer lo que se tiene que hacer. Y el riesgo, aún callando, de ser pasto de “otro” discurso que no podemos impedir ¿cómo evitarlo?

Conclusión, Saco de Plomo: la pureza no existe, es una construcción intelectual para justificar proyectos liberadores.

Cuadro No. 3: Condorito Quezada le pide matrimonio a Yayita Suárez: La solución.

No hay salidas, sólo controles. Aunque, se podría invertir todo lo sufrido en carne propia de un sistema (creador de impurezas y subalternidades, solo por su contacto), que ha convertido todos sus deberes en placeres, para controlar a nuestros líderes (manteniendo una brecha sana de desconfianza), enseñándoles el garrote de la penalización por promesas incumplidas cada vez que rompan el compromiso acordado entre sus miembros ¿Cuál es el escándalo? Algunas “tribus” de Australia, apalean antes, en un ritual, a quienes les dirigirán y les va bien en su comunidad, y existen otras aún más duras. Pregunto ¿Podría ser esta la salida? Plop !!!

Thursday, July 24, 2008

Los "otros" de la ciudad letrada

Comentario a “La invención de Nicaragua
de Carlos Midence

Por Freddy Quezada

El texto La Invención de Nicaragua” (Edit. Amerrisque, 2008) de Carlos Midence, es parte de una “tradición nueva”, valga la paradoja, que deconstruye el origen de los nombres de continentes y países, decididos por colonizadores como descubrió Edmundo O´ Gorman para América, Valentín Mudimbe para África y Walter Mignolo para América Latina, el mismo que prologa la obra y saluda la integración del autor en la escuela modernidad/decolonialidad que representa.

Dentro de Nicaragua, se une a la tradición inaugurada por Ileana Rodríguez, Leonel Delgado, Erick Aguirre, Erick Blandón, y Miguel Ayerdis con los textos “Primer inventario del invasor”, “Márgenes Recorridos”, “Máscaras del Texto”, “Barroco Descalzo” y “Publicación Periódica, formas de sociabilidad y procesos culturales en la Nicaragua de 1886 a 1924 ”, respectivamente. Todos tributarios del paradigma de los Estudios Culturales, esa nueva disciplina que combina teorías antropológicas, crítica literaria, estudios comunicacionales y distintas filosofías “post”. Probablemente estos estudios, y otros más que les seguirán, sean los nuevos cánones del futuro que ya rivalizan y desafían las explicaciones que brindan los anteriores, alrededor de los cuales siguen girando la mayor parte de nuestros intelectuales. No sería exagerado decir que ese “aire de familia” que guarda este racimo de textos seminales, ya constituyen en sí mismos una ruptura epistemológica con la tradición anterior.

La Invención de Nicaragua”, es un libro para especialistas y, aún siendo para ellos, se enfrentarán a una prosa áspera, densa y a ratos impenetrable. Me pregunto si no había otra manera de decir el par de cosas sencillas que alude el texto. Peter Sloterdijk, el filósofo irreverente alemán, siempre ha sospechado de la obra de Heidegger Ser y Tiempo, como una broma gigantesca que puso en códigos crípticos las preguntas sencillas que se hacían los campesinos de Selva Negra, en Alemania. Pero nadie sabe cuando uno pasa de lo sublime a lo ridículo.

El eje de La Invención de Nicaragua”, gira alrededor de demostrar que Nicaragua, sobre todo su nombre, es una imposición colonizadora que se ejerce desde la letra y la polis, como expresa correctamente el subtítulo de la obra.

El autor reproduce una cita de Sandino de una entrevista brindada a José Román, autor de la novela Cosmapa: “Porque fue tan generoso o cobarde, por eso le llamaron Nicaragua a nuestro país. ¿Por qué no le llamaron Diriangén?... sino ha sido por la ayuda traidora de Nicarao, Diriangén les hubiera echado al lago y acabado con ellos. Nicaragua se debería llamar Diriangén o Diriamba.” (Midence, 2008: 206). La correa de trasmisión del nombre y su carga simbólica es y ha sido empujada por un grupo muy pequeño de intelectuales que ejercitan su poder desde una ciudad letrada. “... la intelectualidad nicaragüense ha establecido una hegemonía en la ciudad letrada en la cual se ha manejado sus propios proyectos políticos (colonial, vanguardia conservadora..., liberal, imperialista y neocolonial) que al final se ha impuesto a esos sujetos que habitan los márgenes de esa ciudad.” (Midence, íbid: 141). Hay que incorporar también, en la serie, al socialismo.

En América Latina, dice el autor, “... la Historia, la literatura y más adelante el periodismo constituyeron los pilares de las formas letradas de circulación de ideas y el espacio por excelencia de mediación entre la letra y la experiencia.” (Midence, íbid: 171). La diferencia de nuestro país, con respecto a otros de América Latina, donde sus ficciones fundacionales giraron alrededor de la novela romántica (como en efecto demuestra Doris Sommer), será la poesía.

Combinada con el periodismo, la historia, y muy adentro del siglo XX, con el testimonio y la novela, la poesía será la piedra fundamental que anudará nuestra identidad como tradición inventada o imaginada desde una ciudad letrada, tal como señala Ángel Rama, en manos de criollos y mestizos que seducirán al pueblo con sus cantos y explicaciones sobre nuestra diferencia con los demás.

“Álvaro Urtecho, al igual que José Coronel Urtecho, Zepeda Henríquez y Tomás Ayón, quieren mostrar algo, y ese algo es que la única tradición presente y perenne en Nicaragua es nuestra poesía, la única que puede fundar un lazo de unión, una línea de sentido, una común visión del mundo. Para estos autores hay una continuidad de tradición excepcional de poetas que fundamenta toda la creación poética en el poder del encantamiento en lo que respecta al lenguaje (Álvaro Urtecho), lo mítico (Zepeda) lo hispánico abolengo (Coronel) y el mediador entre dos mundos (Ayón). Lo cierto es que en los cuatro se ofrece una raíz monumental al discurso poético.” (íbid: 140-141)

El eje anterior refuerza esa idea que los decoloniales señalan con pertinencia para los antiguamente llamados tres mundos y la forma cómo ejercía su hegemonía el primero: la ciencia exacta, objetiva y universal sería privativa del primer mundo 1; la ideología, subjetiva, parcial y contaminada, para el segundo; y la cultura, rica, colorida y original, para el tercero. Por la fuerza de las cosas sucedió que, dentro de cada uno, operarían los demás, sin renunciar a una diferencia entre uno y otro que se convirtió en jerarquía y en dominio epistémico.

Sin embargo, la poesía, creo que no logra todavía explicarse a fondo para nuestro caso, pese a lo llamativo de la presentación de Midence. ¿Por qué ella y no otra rama de la literatura o del arte, por qué no el teatro, la música, la pintura o la estatuaria? La poesía (de origen religioso, musical y oral) tiene algo fuera de la prosa que la hace encantadora para sectores desilustrados, de donde le llega su recitabilidad y hechizo, y que pudiese explicar acaso el efecto abrasador que produjo en sectores fuera de la ciudad letrada. A riesgo de parecer eurocéntrico, me gustaría recordar que los alemanes descubrieron o inventaron estas propiedades de la poesía desde el romanticismo, de la mano de Herder y Hölderlin, hasta llegar incluso a ser reelaboradas por Heidegger y el arte como el depósito de la verdad.

Es curioso que lo expresado por los decoloniales contra la modernidad (que reclama que las culturas “otras” suban desde todos sus lugares y se parezcan a ella), pueda ser aplicado a ellos mismos, en verdad, a todo letrado: que los “otros/as” busquen cómo “subir” y parecerse a los “ilustrados”, bajo las normas constitucionales y gramaticales de su ciudad, que ejerce una violencia gramatológica contra sus habitantes, ya entregados, la mayoría de ellos, al embrujo de los medios de comunicación, en especial la televisión.

Por otro lado, hay que hacer una tipología de los letrados en todas sus gradaciones, algo que nos adeuda el autor. Tipología que tiene que ir desde el que produce ideas hasta el iletrado completo, pasando por los escribanos burócratas (en los que parece que estuvo siempre pensando Ángel Rama) y semianalfabetos. La escritura en América Latina, como la explicita Rama, no fue para crear mundos sino para registrarlos, administrarlos y controlarlos. Empezó por donde terminó el papel de la escritura en Europa que, en su despegue, se puso al servicio de las rupturas con el orden medioeval y, sólo al final, ejerció los disciplinamientos y controles que la pondrían en evidencia.

La cultura nacional, similar a la de “un jardín de invernadero”, según Midence, “sólo fue posible tras la alfabetización y, a través, en principio, de la prensa de circulación nacional, ulteriormente de la radio y de la televisión.” (íbid: 139). Al respecto, hay que hacer una consideración.

En Nicaragua, así como en toda América Latina, Ángel Rama brinda consideraciones sobre la época colonial: las clases letradas eran una minoría en todos los sentidos. Sin embargo, el efecto que siempre produjeron fue el de representar una mayoría significativa por el consenso (más parecido a un colonialismo interno) que obtuvieron de los amplios sectores mestizos medio letrados y ambiguos. Estos fueron capturados literalmente, mucho después, por la radio y hasta hace poco por la televisión, donde se convirtieron a unas identidades móviles, frágiles y negociables.

Algunos sectores semi-rurales, a mediados del siglo XX, aprendieron a imitar el modo de hablar urbano a través de presentaciones de películas mexicanas en cines ambulantes, y la radio (fundamentalmente con las radionovelas, la música y los deportes) para los sectores semiletrados y desilustrados, jugó el mismo papel de los folletines por entregas en los periódicos de Europa y EEUU que construyeron los imaginarios populares. La Televisión los reuniría después a todos.

Pero, en el fondo, la diferencia entre letrados y no, habría de revelarse por encima de las propias diferencias entre letrados mismos que terminarían por solidarizarse ante las amenazas de desbordes, como frutos de procesos anárquicos y de revueltas (convertidas en revoluciones o rebeliones, como decía Octavio Paz, por la sola presencia de intelectuales), de tiempo en tiempo, en nuestras sociedades. Sólo entonces, acaso, podamos decir que se manifiestan ante sí mismos como los “otros” de la ciudad letrada, sobre los que se ha ejercido una hegemonía despótica.

Otra deuda del autor es el papel del Estado nación, cuyo uso de un autor canónico en sociología, como Edelberto Torres Rivas, ya no cubre las nuevas explicaciones, y que exige más profundidad y debe vincularse, para la época que analiza Midence, al área centroamericana donde el concepto de Estado nación, además de no coincidir en términos reales con los cánones euro-norteamericanos, fuera de los precisamente letrados y formales, puso en juego una serie de dispositivos, desde archivos hasta normativas jurídicas, desde etiquetas hasta educación cívica, desde gramáticas hasta recitación de poesía culta, para disciplinar a los “otros” de la ciudad letrada que, para la época, coincidían en gran medida con aborígenes y afrodescendientes en algunas áreas.

Paradójicamente, este disciplinamiento desde aparatos y dispositivos fue separándolos a medias de sus matrices culturales, arrojándolos a un universo de remedos, simulacros, mímicas y dobleces, propias de las estrategias de débiles y subalternos. La llegada de la radio y la televisión potenciarían su peso, por razones de mercado que haría de la necesidad virtud con la cultura de masas, y los términos se invertirían coincidiendo de modo espectacular la semiletralidad, o la desilustración completa, de todos estos sectores con medios no escriturarios, como hechos para ellos. Entonces la alta cultura empezará a retroceder y será ella ahora la que empleará estrategias de subalterno para hacer oír sus regaños, malhumor y desprecio a través de los mismos medios que condena.

Los “otros” no sólo son, pues, los afrodescendientes y los pueblos originarios que, por cierto no guardan esa pureza que se imaginan los decoloniales que, al menos en Nicaragua, están altamente mezclados entre unos y otros 2, sino también los desilustrados, dentro y fuera al mismo tiempo de la ciudad letrada. Son los que juegan (y bailan como la danza de Shiva) en la centralidad del poder, como los “otros” de la ciudad letrada, siendo que los afros y aborígenes, ejercen sus presiones como los “otros” de los “otros”, desde la reflotadura de una segunda línea de invisibilización.

¿Pero, a todo esto, quiénes son “ellos”? Si se ha venido precisamente hablando por ellos, desde esa ciudad letrada a la cual suponemos, en otra pirueta, que se le oponen, no corremos el riesgo de repetir el error al imaginarnos que hay otra manera de definirlos, que no sea callando y protegiéndolos con nuestro silencio?

1 Sin embargo, aún dentro de Europa existían, y siguen existiendo, rivalidades muy fuertes. Es conocidísima la frase de Heidegger, ofensiva no sólo para todo el mundo colonial sino, sobre todo, para sus hermanas europeas, que sólo se podía pensar en dos lenguas, la griega clásica y el alemán, cuento germanocéntrico que se tragó hasta el francés argelino Jacques Derrida, al creer que sólo dos pensadores en el mundo eran los verdaderamente complejos y fecundos: Platón y Heidegger.

2 No podemos hablar de pureza absoluta, incluso de nuestros grupos originarios y étnicos. Los miskitos son un grupo altamente mezclado con otros grupos nacionales e internacionales; los mayagnas, que pudieran ser los más endogámicos (hay tres variedades: twakas, panakas y ulwas), la dominante se abre cada vez más para sobrevivir, del mismo modo que, al revés, las más cerradas tienden a disminuir en número y hasta desaparecer como los Garífunas y Ramas). En nuestra Costa Atlántica hay una cosa curiosa y digna de ser pensada. La Ley de Autonomía y su respectivo Reglamento, fue concebida para responder a los derechos de los grupos étnicos y originarios que, en términos estadísticos, son minoría, frente a los mestizos caribeños, en las dos regiones Autónomas. Esta situación, no prevista por nadie, está siendo aprovechada ahora por los mestizos caribeños alegando su peso en número y no renunciando a las prerrogativas autonómicas como grupo étnico. Ahora los mestizos del Caribe, algunos de los cuales exigen una tercer Región Autónoma, quieren retener lo mejor de los dos mundos, su hegemonía por el peso de su número (expresada en términos de representación en los órganos del gobierno autonómico) y las ventajas que les confiere la Ley de Autonomía. ¿Qué podemos decir? Si nos oponemos a las aspiraciones mestizas somos antidemocráticos, violando las propias reglas del sistema autonómico; si aceptamos tales aspiraciones, nos convertiremos en cómplices de un probable hegemonismo del Pacifico sobre el Caribe, a través de una parte de los mestizos mismos que comparten valores con ellos.